Al final me tenía que enamorar de mis amigues

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Por Chiara Finocchiaro
Ilustraciones: Camil Camarero

Razones para jerarquizar estos amores que (también) pueden ser para toda la vida 

Desde que tengo noción de mí como mujer en este mundo, esto es, alrededor de mis siete años, se instaló en mi cabeza, quizás por coerción social o por simple imitación de mi alrededor, la persecución de un objetivo puntual: tener novio. Me di cuenta rápido de la atracción ardiente que me generaban los varones; todo mi universo giraba en torno a ellos, pero claro, no solo el mío. Eran las charlas con las otras nenas, los tests de la TKM que me indicaban cuál era el mejor camino para que Gonza gustara de mí, todas las telenovelas y películas cuyos argumentos narrativos concluían en el encuentro ansioso de dos amantes heterosexuales al final del camino; incluso los juegos entre mis amigas, con las que fantaseábamos ser esas chicas cool de Cris Morena, y casualmente con quienes me di mis primeros besos, pero claro, siempre actuaban de novios.

Está claro, todas aquellas que fuimos socializadas como mujeres en este sistema estamos condenadas a la búsqueda de la pareja. Porque si no, no hay tal realización, no hay éxito. No lo digo yo, lo exponen teóricas feministas hace mucho tiempo. Pero si algo nos vino a hacer entender el transfeminismo y el destierro del biologicismo es que nada determina cómo somos, y que si de algo somos capaces los seres humanos, es de transformar la realidad, y a nosotres mismes. Y qué más poderoso para transformar el mundo que les amigues.

Durante mucho tiempo esa persecución obsesiva de la pareja no solo me corrió de muchos focos, sino que se volvió muy dañina; una obstinación a la que me adherí como el chicle en el pelo de Lisa Simpson, y que incluso hoy me aqueja. Pasé los años de mi adolescencia perdida en el mar del amor romántico, ahogada entre la sensación de fracaso y soledad que me inundaba. Algo completamente incierto e irreal, porque mientras me rompían el corazón, yo estaba rodeada de amigas que me amaban, con las que compartía una cantidad insólita de risas y charlas que me llenaban el alma. Pero yo no lo percibía. Mi foco estaba en los novios.

Es triste, sí. Pero no solo para mí, lo es para todes en este mundo. Me comprendo en mi individualidad, pero también sé que formo parte de un entramado social que me excede y me presiona con fuerza. Ese tejido que nos impone a las mujeres la pareja como sinónimo de éxito y felicidad, y la falta de ella como una condena extrañamente meritocrática. Sobre esto profundiza la socióloga feminista Eva Illouz en ¿Por qué duele el amor? cuando señala que “los fracasos de nuestra esfera privada no son consecuencia de una debilidad psíquica, sino que a los caprichos y sufrimientos de nuestra vida emocional les dan forma ciertos órdenes institucionales”. 

No todo está perdido. Podemos construir vínculos desde otros lugares y enfoques distintos al romanticismo. Entender, como expone la filósofa española Brigitte Vasallo cuando habla sobre el poliamor, que podemos tejer redes afectivas que excedan los límites sociales impuestos; que existen alternativas, que no hay un “amor más amor que otros”, que podemos tener amigues que sean amores para toda toda vida. Es con y a través de esas amistades como vamos a transformar el mundo. 

En un sistema que oprime y reduce a las feminidades, que premia y castiga la existencia o la falta de una pareja, la amistad es un arma revolucionaria. Es el vínculo disruptivo por definición, porque, como exponía Michel Foucault en “La amistad como modo de vida”, no se inicia simplemente para poder llegar al consumo sexual, “el cual se da muy fácilmente”. La amistad se corre por completo de ese eje, y viene a romper con todos los imperativos, incluso socioeconómicos, en relación con los fundamentos inherentes a la construcción de una pareja como tal. “Las formas de la individualidad más transgresoras y anti-institucionales se expresan con mayor frecuencia en el ámbito de las relaciones sexuales, lo que hace de este (más que del ámbito político) un espacio para el ejercicio de la individualidad, las elecciones y la expresividad en su manifestación más pura”, expone llouz siguiendo la línea del filósofo francés. 

Que les amigues son pilares fundamentales para el desarrollo de nuestras vidas data de hace mucho tiempo. Foucault cuenta que en los siglos posteriores a la Antigüedad, “la amistad constituyó una relación social muy importante”, en la que “los individuos disponían de alguna libertad, de cierto tipo de elección y que también les permitía vivir relaciones muy intensas”. Aun así, fue a partir del siglo XVI que la amistad comenzó a ser considerada “como algo peligroso”.

Pero, además, la amistad también es una herramienta emancipatoria para las feminidades porque no tiene un objetivo final en sí mismo más que el goce y la potencia compartidas. En línea con Vasallo, es a través de nuestres amigues que podemos tejer nuevas redes con lógicas de poder distintas a las que impone el sistema patriarcal. Poder comprender que, si bien es lindo considerar compartir la vida con une compañere, en el sentido sexoafectivo, lo que tenemos y construimos en común con otres también es único e igual de valorable. 

¿No es hermoso enamorarse también de las escenas con nuestres amigues? Dormir juntes después de haber charlado durante horas, para levantarnos, desayunar y congregar todo nuestro amor en una ronda de mates. “¿Qué hay de las amistades como amores para toda la vida?», se cuestiona Vasallo, y ¡por qué no!

Pero a les amigues, como a cualquier vínculo, hay que cuidarles. No podemos dar por sentada su permanencia en nuestras vidas por el simple hecho de ser amigues. Es un poquito todos los días, demostrar y cultivar, desde un lugar distinto, claro, al de los novios, pero no por eso menos relevante o postergable. Les amigues, en definitiva, son los que nos salvan.

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