Harta de trabajar

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Por Chiara Finocchiaro

Las femenidades dedican tres veces más de su tiempo a las tareas domésticas en comparación a los varones, aquí un relato de una hija que ve a una madre cansada hasta los huesos. 

La cuarentena me puso más atenta y pendiente sobre todo lo que ocurre en mi casa. Hace 23 años que habito el mismo lugar, pero después de pasar casi cinco meses acá encerrada, me enfoqué más en algunas cosas que daba por dadas. Y así la vi a mi mamá, todos los días despertándose y pidiéndole la computadora a mi viejo –porque no tiene propia- para poder conectarse al trabajo, poniendo dos lavarropas al día y resguardando que la casa no se transforme en una batalla campal entre el desorden y la mugre, además de preocuparse porque todes comamos y nos sintamos medianamente bien.

Mi mamá no tiene un cuarto propio donde encerrarse a llorar como yo cuando me harto de la realidad y me pongo en modo avión durante horas. No sólo no tiene habitación, sino que, hasta este período de aislamiento, nunca se lo había cuestionado. Y claro, esa no es la peor parte sino la cantidad de horas de su vida que dedica al correcto funcionamiento de su familia, y la poca –por no decir nula- retribución que recibe por eso.

“Eso que llaman amor es trabajo no pago”, grita la filósofa e historiadora italiana feminista, Silvia Federici. La invisibilización total de las tareas de cuidado como trabajo es una deuda con las feminidades, no sólo de la sociedad en general, sino del Estado. ¿Qué hace una madre de familia que trabaja ocho horas al día, las otras ocho las destina a su casa, y las otras ocho con suerte puede dormir? ¿Dónde queda el tiempo y el espacio para el goce?

Mi mamá nunca termina de trabajar. Los momentos de distensión se le mezclan con los “quehaceres” y tener un momento de placer le parece un sueño inalcanzable. Todo esto se agudizó en la cuarentena, claro, porque parte de esas tareas las hacía la trabajadora doméstica que venía un par de veces a la semana. Y también pienso en ella, que ahora debe estar en su casa, sin siquiera poder salir a trabajar, encerrada en un loop eterno de amor no pago.

¿Amor es lavar, cocinar, planchar, ordenar, cuidar, enseñar? Decimos amor cuando hablamos de nuestras madres, y cuando nos referimos a las trabajadoras decimos que es ayuda. Siempre una excusa para no llamar a las cosas por su nombre: trabajo no pago. Esto es lo que se conoce como romantización del trabajo doméstico, y a lo único que lleva es a la invisibilización de las mujeres como fuerzas productivas.

Todas estas tareas de cuidado siempre recaen en nosotras. Pero la división sexual del trabajo no se inventó ayer. Esto ya lo decía Federici a principio de siglo, en “Calibán y la bruja” cuando afirma que “los roles sexuales en la sociedad capitalista son una construcción”. Que las femenidades estamos relegadas a determinadas tareas y no otras es parte de todo un andamiaje sociocultural histórico, que nos ubica a nosotras como las responsables de garantizar el cuidado y el bienestar en el hogar, mientras que “el trabajo productivo -vinculado al que se realiza en el mercado y de manera remunerada- aparece asociado a los varones”, tal como señala un informe del Ministerio de Economía sobre las brechas de género en Argentina. 

“En la sociedad capitalista, el cuerpo es para las mujeres lo que la fábrica es para los trabajadores asalariados varones: el principal terreno de su explotación y resistencia”, expone Federici. Desde la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) informan que las mujeres trabajan 2,6 horas diarias más que los hombres en promedio -sumando el trabajo pago y el no pago-. También, según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo realizada en 2013 por el INDEC, las mujeres trabajadoras realizan el 76% de las tareas domésticas y le destinan en promedio 6.4 horas semanales a esta actividad.

Tal como señala la periodista Luciana Peker en una nota de 2014: “Cuatro de cada diez varones no cocinan, ni limpian, ni lava ni la ropa, ni hacen compras en ningún momento del día. Y entre los que sí lo hacen, tienen tres horas de descuento en relación con el tiempo que depositan las mujeres en la vida cotidiana”. Todo esto que noto día a día en mi casa, cuando mi papá se jacta de estar cansado por haber ido al supermercado y bancarse la hora de cola, mientras espera sentado a la mesa que llegue su plato de comida, y del otro lado está mi mamá que ya trabajó ocho horas y todavía le quedan 2 pendientes para terminar de limpiar los baños.

¿Por qué todo ese trabajo vale menos? Eso es lo que llevó a las feministas a convocar al primer paro internacional de mujeres, el 8 de marzo de 2017. Si tan poco valemos, veamos qué pasa si dejamos de laburar. Nuestro trabajo es el que sostiene al mundo, y eso es un hecho, no una opinión. Pero claro que no vamos a saber cuánto aportamos a la economía si las tareas domésticas no se incluyen en los cálculos de Producto Bruto Interno (PBI).

La informalidad que presenta el trabajo doméstico en cuanto a estadísticas oficiales es una de las principales trabas para poder pensar nuevas políticas públicas. Sin embargo, el panorama parece estar cambiando de a poco. Este año, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad creó un “equipo de cuidados”, liderado por la economista Lucía Cirmi Obón, que se encargará de realizar un mapeo nacional sobre todos los servicios de cuidado que existen.

Lo que está claro es que la pandemia no vino a distender a las femenidades de las tareas, que ese “estar sin hacer nada todo el día” instalado en el imaginario social, no compete a las feminidades, mucho menos a quienes son madres y están a cargo de un hogar. Hoy pienso en mi mamá porque la vi llorar, extenuada y completamente harta. Pero también pienso en que ella al menos no está criando infantes, pienso que tiene trabajo y que tiene un compañero con el que sostener económicamente la casa.

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