¿Qué nos enseñó el #FreeBritney sobre la violencia patriarcal?

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Por Cinthia Giselle Dalama

Las experiencias de Britney Spears y Taylor Swift nos recuerdan que el machismo no tiene fronteras físicas ni económicas

It’s a man’s world (es un mundo de varones) cantaba James Brown allá por los 60’s, y sí, tenía razón, aunque nos de bronca unos cuantos años más tarde. El mundo del mainstream de la música no se encuentra por fuera de las lógicas heterocispatriarcales,  eso incluye cuestiones relacionadas a la interseccionalidad, como por ejemplo el racismo.

Con el movimiento #FreeBritney, el escándalo de Kanye West y Taylor Swift, seguido por la posterior pérdida del trabajo de toda la vida de la artista y la aparición en primeras planas de Scooter Braun, representante de Justin Bieber y Ariana Grande, no nos queda otra que prestar atención: se están afianzando estereotipos y reproduciendo la supremacía de varones heterocis en una esfera pública de famosos con poder y dinero. Esto nos indica que si bien hay muchas artistas mujeres e identidades disidentes en el mundo de la música, sigue siendo sostenido de la misma manera y perpetuando violencia simbólica con la misma lógica siniestra que sucede en esferas menos famosas y con menos dinero.

Si analizamos en orden cronológico, como lo hace el documental de New York Times para contar lo que sucede alrededor del movimiento #FreeBritney y la custodia que tiene hace años la artista por parte de su padre, nos damos cuenta que esto no empezó recién. Que si bien los tiempos eran otros, allá por la primera década de los 2000s vemos una adolescente talentosa manejándose sola en un mundo de varones. Ese no sería el problema porque, si entendemos que Britney fue y es un producto, y como todo producto lo que importa es el dinero que produce y lo funcional que puede ser a un sistema de negocios, ¿por qué nadie la cuidó? No hablamos de cuidarla ni siquiera como persona o como ser humano, sino como un asset que produce millones de dólares. Obvio que no soy una insensible, pero a veces está bueno cambiar de perspectiva para poder comprender qué pasó, o cómo se llegó a coartar las libertades de una chica joven porque tuvo un “mental breakdown” (en un país donde la libertad individual es lo primero).

Claro que tener una crisis relacionada a la salud mental en 2007 y tener una ahora en 2021 no es lo mismo. No lo es después de que Camila Cabello saliera a decir públicamente que tiene un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y eso no la detiene de seguir haciendo música, de hecho sus fans la apoyan. Es fundamental este testimonio porque hablamos de una cantante con raíces cubanas, haciendo música con reminiscencias latinas en Estados Unidos, una chica que sale a hacer ejercicio mostrando una panza no necesariamente chata, alguien que de alguna manera intenta formar su identidad entre todo eso que la hace única pero que representa un montón de realidades en su país. Si hablamos de salud mental, no podemos dejar de mencionar a artistas como Demi Lovato o Selena Gomez, entrando y saliendo de rehabilitación, cantando y pronunciándose en sus shows y presentaciones sobre ello: hay algo de empoderante en decir que la pasaste mal o que te estás recuperando, esa misma representación de la que hablamos antes. El mundo es neurodiverso y si no nos dimos cuenta hasta ahora que no solo las personas que pasan por el filtro de la “salud mental” pueden hacer cosas y generar dinero, mal para aquellos que no lo ven (y tal vez un poco peligroso para quienes sí, pero eso es otro tema).

Si nos volvemos a enfocar en Britney, estamos hablando de una persona que era más bien comprendida en ese mundo de los negocios como una empresa, como una máquina generadora de trabajo para otras personas, ¿qué pasó? ¿Como nadie sospechó que años después de estar bajo la tutela de su padre, de no poder tener decisión propia sobre su cuerpo, sí podía hacer shows, giras y sacar discos nuevos? ¿Cuál es la vara con la que se mide la autonomía de Britney por ser una persona que tuvo una o varias crisis de salud mental?

Tal vez todas estas preguntas no corresponden porque nunca pusimos bien los límites entre las vidas privadas (o si existe la vida privada) de les famoses y cuánto nos corresponde a nosotres como audiencia y consumidores saber de elles. Britney es un ser humano y tiene los mismos derechos que tenemos todes. Ahora bien, las condiciones materiales de Britney frente a muchas cuestiones relacionadas a su rutina diaria no son las mismas que las mías o las de cualquier persona que no es famosa, ¿por qué estamos juzgando su sanidad mental de la misma manera? ¿No sería lógico que teniendo personas que te sacan fotos en todo momento, sin importar lo que hagas, haga que un poco pierdas el eje? ¿Por qué asumimos que una persona famosa y adinerada tiene sus derechos garantizados?

Aunque no lo veamos, la violencia opera de manera sistemática en todas las esferas socio-económicas. ¿Y por qué nos debería importar a nosotres que estamos en el hemisferio sur? Porque justamente los actos de violencia escalan y perpetúan el status-quo. Taylor Swift en su discurso como ganadora del premio como artista de la década 2010-2020, dice que siempre va a haber alguien que va a tener dudas de cómo llegaste a tener éxito. Lady Gaga expone en una entrevista que además de ser talentosa, famosa y reconocida tiene que ser hegemónicamente bella para poder ser digna de todo eso, Beyonce cuestiona el concepto de “Flawless” y de lo perfecta que tenes que ser todos los días cuando te levantas. Nicki Minaj cuestiona el racismo y el no reconocimiento a su trabajo como la rapera con más hits, y así podríamos seguir nombrando cuestionamientos a las lógicas reproducidas en el mundo de la música por parte de mujeres.

Por eso nos preguntamos qué nos queda al resto. Qué nos queda a quienes vivimos al otro lado del mundo donde los índices de violencia siguen escalando y sosteniendo la desigualdad entre géneros.

Y hay para todos los públicos. Si fuiste joven o te perdiste poder seguir lo que le pasó a Britney a partir del 2008, podés hacer foco y prestar atención a lo que vivió y vive Taylor desde el 2009 hasta acá, que es prácticamente toda su carrera como artista.

Ya dije varias veces que este mundo es uno de varones, o por lo menos uno donde las lógicas machistas y misóginas se respetan muy a rajatabla, sobre todo si sos uno de ellos. En pocas palabras y para resumir lo que le pasó a Taylor: su discográfica vendió los masters de sus discos a Scooter Braun, sin avisarle.

Lo que agrava esta situación es que esta persona le hizo bullying de forma pública junto a Justin Bieber y a Kanye West, dos varones muy varones del mundo de la música. Sí, esta venta ocurrió después de que Kanye la haya interrumpido cuando Taylor ganó mejor video allá por el 2009, y después de que haya cantado “Famous” diciendo que él fue quien la hizo famosa (también hay un video de este tema donde Taylor aparece desnuda). Por supuesto que Taylor no estuvo de acuerdo con todo esto pero filtraron un llamado telefónico intervenido donde pareciera que ella era consciente de todo esto, y allí empezó lo que todes pensaron que era la debacle: Kim Kardashian y Kanye West, dos de las personas más influyentes en el mundo por allá, en el 2016, aplicando la violencia mediática y simbólica más fuerte que hemos visto desde Britney Spears como correctivo hacia una artista joven y talentosa, multipremiada y aclamada por la crítica por su talento como autora de las letras de sus canciones.

El punto es que el trabajo de Taylor es comprado por la módica suma de 300 millones de dólares sin haberle dado la posibilidad a ella, mega hiper millonaria, de comprar su trabajo. Podríamos decir que Scooter Braun compró a Taylor Swift, o lo que creó Taylor Swift durante todos estos años.

Y aquí viene la letra pequeña: los contratos en el mundo de la música son casi firmar con el diablo. La mayoría de ellos no les da el derecho a les artistas sobre su música, salvo hasta grabada una cantidad de discos o pasada una cantidad de años. Esto es porque básicamente quien tiene el derecho sobre los masters percibe un alto porcentaje de las ganancias por cada reproducción. Así fue como Taylor vio y sigue viendo, en el mejor momento de su carrera, cómo las ganancias de sus masters se las lleva otra persona.

Un detalle no menor es que todo esto sucede en el año 2019 cuando Taylor gana en los American Music Awards el premio a artista de la década y tiene que pedir por favor que la autoricen a poder cantar sus propias canciones, “… the songs that I wrote about my own life.” (las canciones que escribí sobre mi propia vida) diría en su documental Miss Americana que se puede ver en Netflix.

Lo peor de esta situación no es que Scooter Braun haya comprado todo, sino cómo él se autoproclama víctima de un acoso cibernético por parte de los fans de Taylor. Tal fue cómo lo afectó esto, que revendió los masters de Taylor en noviembre de 2020. Su discurso es bastante precario diciendo que seguramente a Taylor nadie la asesoró bien, cuando él le ofreció venderle sus masters y hacerle firmar un acuerdo donde ella nunca más podía decir su nombre en público. ¿Algo extraño, no? Sobre todo cuando ella nunca dio su opinión sobre él, sino sobre sus acciones y cómo ellas la perjudicaban en su carrera. Básicamente quiso silenciarla.

Afortunadamente (o no tanto), a partir de noviembre de 2020, según una cláusula de su contrato original, Taylor podía grabar sus primeros cinco álbumes de nuevo. Lo cual es algo afortunado, como dijimos antes, pero también una pérdida de dinero y esfuerzo absoluta. Pero, ¿qué más da? Sus masters ya están perdidos.

Algo absolutamente llamativo en la industria de la música es el apoyo a través de redes sociales de los fans de Taylor y de otres artistas en todo este asunto. En este momento, siete de sus nueve discos se encuentran rankeando en los Billboards 100. Y ya regrabó su primer disco «Fearless» (sin miedo) y va a lanzar la regrabación de «Red» (rojo) el próximo noviembre. Diremos que podría ser un caso de desgracia con suerte.

Pero esto no es una novedad, ni es algo que pasa al azar o le pasó sólo a Taylor. Sí podemos decir que ella convirtió toda esta situación absolutamente violenta en oportunidades de trabajo para muches, pero no podemos dejar de ver cómo opera un sistema que te quiere callada, sumisa y que si no te adaptás a sus reglas y condicionamientos: te compra.

Así como a Taylor, a Britney la ayudaron sus fans y las personas que la siguen, el apoyo a través de #FreeBritney y las redes sociales fueron fundamentales para generar presión y obligar a su padre a dar un paso al costado como custodio. Al día de hoy no tenemos claro cuál es el estado de Britney, pero este cambio podría significar una muy buena noticia.

«Por favor, muchachos, no lo hagan» («Please guys, don’t do this»). Este fue el pedido de una persona que estaba siendo violentada, no por primera, ni por única vez, sino que vivía una violencia sistemática, este fue el pedido de Britney, explícito, literal, pero aún así no la escucharon. No la escuchó su familia, ni su esposo, ni sus amigues. Tampoco la escucharon las personas que trabajaban para ella.

Pasaron 14 años de ese día y hoy lo sabemos. Sabemos lo que es una violencia mediática, sistemática y simbólica. Sabemos que existen las violencias de género y cómo se reproducen. Pero algo que estamos descubriendo es cómo se reproducen a nivel masivo y a personas millonarias y con alto poder adquisitivo y cómo eso impacta en el resto los mortales y nos deja por ahora una pregunta: ¿Qué queda para nosotres si esto les pasa a ellas de esta forma tan evidente y despiadada?

James Brown cantará “It’s a man’s world” pero Taylor le responde “If I was a man, Then I’d be the man” (Si yo fuese un varón, sería él varón”).

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