Amiga, ya me di cuenta pero no alcanza

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Por @ladurito
Ilustración: @ladurito

A siete años del primer Ni Una Menos y en un contexto en el que los feminismos han podido ocupar cada vez más lugares, sobre todo en el plano discursivo, todavía queda mucho por hacer y discutir. Si bien se ha podido instalar la cuestión de la violencia de género como temática central en la agenda política y pública, hay frases como “amiga, date cuenta”, que hoy ya nos quedan cortas y con sabor amargo. ¿Cuántas veces a diario nos encontramos a nosotras mismas repitiendo pequeños patrones de misoginia implantados en nuestro inconsciente durante nuestro crecimiento? La deconstrucción es un camino que se recorre día a día, y si bien podemos llegar a romper de manera un poco más sencilla los lugares de la lógica y el razonamiento, la cultura patriarcal está presente también en aquellos lugares a los cuales no tenemos tan fácil acceso, como el deseo, el impulso o los miedos. Puede pasar que nosotras mismas, o personas cercanas, estemos exponiéndonos a vínculos y/o situaciones de violencia donde tenemos plena consciencia de lo que está sucediendo, pero no contamos con las herramientas para apartarnos de eso.

Por eso este 3 de junio Beba se contactó con Daiana Borquez, psicoanalista, docente e investigadora con perspectiva de género, especializada en familias y parejas (actualmente se encuentra cursando una maestría en Salud mental comunitaria),  para consultarle sobre la perspectiva psicoanalítica del funcionamiento de los vínculos violentos.

A modo descriptivo, teniendo en cuenta que no es una ciencia exacta, ¿cómo es la estructura de las etapas de un vínculo violento?

La violencia de género es un campo que está atravesado por diferentes disciplinas, por ejemplo, las ciencias sociales, el campo del género en general, la psicología, la sociología, etc. Se puede hablar de una estructura en la que hay una primera fase, que es la de la “acumulación de la tensión”, donde hay, generalmente, conflictos porque empiezan los reclamos por parte del agresor, empieza generalmente el deseo de control sobre la víctima. Y es justamente ahí, a veces, donde las víctimas, en vez de hablar de estos conflictos, de contar lo que está pasando, creen falsamente que cediendo a ciertas cosas, yendo cada vez más hacia el lugar donde los va llevando el agresor, son capaces de frenar el enojo. Es ahí donde empiezan a dar resultado las manipulaciones porque, por ejemplo, empiezan los celos hacia las amigas y se va agudizando el aislamiento.

Después, sigue la fase de la “agresión y del estallido de toda esa tensión”. Suele ser ahí donde la mayoría de las víctimas buscan ayuda. Cuando llega el golpe, cuando llega el maltrato a niveles que escalaron. Es también la etapa más peligrosa porque es en la que puede llegar a ocurrir el femicidio, que es lo que estamos viendo lamentablemente a diario.

Y finalmente, viene lo que llamamos “la fase de la luna de miel” que es aquella en la que el agresor se da cuenta de que está perdiendo control sobre la víctima (ya sea porque lo denunció, ya sea porque se alejó o porque alguien intervino en la situación de violencia) entonces empieza el pedido de perdón, las promesas de cambio, la seducción.

Muchas veces se da en esa etapa lo que es la formalización de la relación, cosas que socialmente se consideran que unen a la pareja. Por ejemplo, es muy común a veces la búsqueda de un embarazo. El agresor va a volver a buscar la forma de que la víctima le vuelva a creer, de que vuelva a creer en un futuro juntos en esa relación.

Obviamente ahí es donde hay más recaídas por parte de las víctimas porque sabemos que esto es un círculo. Esto quiere decir que, en algún momento, alguna situación de tensión va a volver a generar un conflicto y así comenzar otra vez la rueda acumulación de la tensión-agresión y del estallido de tensión-luna de miel.

¿Por qué sucede que por más que nos demos cuenta que estamos en un vínculo violento, la mayor parte de las veces nos cuesta o no podemos salir?

Este hecho es muy común y es una de las cosas que, tal vez, más cuestan al trabajar con la violencia de género o al acompañar un caso de alguien conocido. Las recaídas son totalmente esperables. Es al revés, de hecho, es raro que la víctima se vaya en la primera de cambio porque pensemos que son excepcionales las veces en las que el agresor directamente comienza con violencia física o violencia de gran escala. La mayoría de las víctimas que llegan a entrar en ese circuito, empiezan vivenciando pequeñas cuestiones, digamos, micromachismos. Generalmente son las cuestiones diarias las que fueron allanando el camino para poder llegar a eso.

De todas formas hay una cuestión interesante para tener en cuenta que es, cuál es la propia historia de la víctima en relación a la violencia en general. Tener en cuenta que cada unx con su historia, trae un aprendizaje acerca de lo que es el amor y los vínculos de pareja. Es ahí donde muchas veces está muy presente el mito del amor romántico. Esta idea de que hay que bancarse cualquier cosa por la relación, de que a la larga va a dar sus frutos, de que todo el mundo cambia por amor. Es muy común escuchar este discurso en las víctimas en relación a cuando vuelven a repetir un ciclo. Esta idea de que muchas veces la mujer, sobre todo, se siente responsable de que si fracasa la relación, fracasan sus proyecto vitales o, en el caso donde hay hijxs, ella es la culpable de que los hijxs no puedan tener una familia si decide irse del vínculo violento.
Entonces, es algo mucho más complejo de lo que se puede ver a simple vista. En el emergente, vemos que generalmente hay una historia de aprendizaje en relación a la naturalización de la violencia que hace que sea, para la víctima, muy difícil poder romper ese círculo. Por eso es tan importante que ahí, cuando la víctima pida ayuda, toda su red cercana esté disponible. Y también, que sepamos quienes trabajamos e intervenimos en un caso de violencia, que las recaídas son esperables. Hay a veces, sobre todo de parte de los familiares, un enojo porque la víctima volvió con su agresor. Y ahí me parece importante mencionar esto que trajiste en la consigna: “amiga date cuenta”. Como soy psicoanalista, dividiría esa frase en dos para buscar un sentido a las palabras: con la palabra “amiga” tengamos en cuenta que muchas víctimas ni siquiera tienen un círculo de amigas. A ver, no desmerezco la consigna porque me parece que es buenísimo que las mujeres empecemos a hablar de esto y que nos habilitemos a decirle a alguien de nuestro entorno, que está sufriendo violencia, que no es normal, que no está bueno. Que hoy esto sea tratado como un problema social y no solamente de la pareja es enorme, pero obviamente como toda consigna, creo que es mejor invitar a la reflexión, más que repetirla ciegamente.

Hay muchas mujeres que ya están en una fase de aislamiento por parte de sus agresores, entonces no tienen amigas. La pareja ya se encargó de hacerla sentir que está mal, o que va a perjudicar el vínculo tener tal amiga. Entonces ya no tienen un círculo de amistad. A lo mejor, esta consigna está orientada a las jóvenes que sí tienen grupo de amigas. Hay otras mujeres que han dedicado toda su vida a la crianza de sus hijxs, mujeres mayores (porque la violencia también existe en la mediana edad y en la vejez pero, a veces, nos olvidamos), que están en situaciones de naturalización de la violencia, entonces tampoco pueden verlo como una situación en la que alguien debería intervenir.
Digamos, la racionalidad es también una ficción de la modernidad. Somos seres racionales obviamente, pero también somos seres complejos del inconsciente, por lo cual, pensar que todo se relaciona y se soluciona desde el ejercicio de la conciencia, es olvidar una gran parte de nosotrxs, olvidar todo lo que pasa por lo inconsciente. Es ahí donde interviene tanto la terapia como también la justicia, que considero que son las patas indispensables para tratar los temas de violencia de género.

¿Cómo se puede ayudar a una persona que está en una situación de violencia y es consciente de eso, pero no puede salir? A veces desde el entorno respondemos con enojo o frustración cuando lo notamos.

Sí, obviamente sabemos que es muy difícil no enojarse en esta situación. Yo creo que la clave, en base a mi experiencia clínica con pacientes que sufrieron violencia, está en seguir marcando el límite sin abandonar a la víctima. Decir cosas como: “respeto tu decisión, pero no la comparto, pienso que seguís en riesgo” y poder sostener el vínculo, son cosas clave ya que, seguramente, en algún momento la víctima se aleje y vuelva a buscar refugio cuando sienta que está otra vez en peligro. Esto es muy común y sabemos que a veces genera enojo respecto a la propia víctima, pero es también entender que es una persona que ya de por sí está en una situación muy trágica.

Está con la autoestima severamente dañada, por lo que si nosotrxs vamos y la revictimizamos otra vez diciéndole que es culpable de lo que está eligiendo, probablemente los efectos sean nefastos. Pienso que lo que podemos hacer como familiares o amigas cercanas, es poder quedarnos cerca de la víctima sin hacer de cuenta que no pasó nada y a la vez, tratando de entender que cada víctima tiene sus tiempos. Y que es muy importante el ejercicio de la empatía y la tolerancia.
Es clave, además, que la víctima esté acompañada cuando decide ir a hacer la denuncia porque es muy importante que sienta que hay alguien con ella que la puede sostener durante el proceso.
Respecto a qué tipo de consulta terapéutica conviene realizar, creo que lo que funciona muy bien, en la mayoría de los casos, es la terapia grupal de ayuda mutua entre víctimas.
Porque ahí también se juega mucho el hecho de haber compartido ciertas situaciones y abre la posibilidad de sacar a la luz esta cuestión de que la mayoría de las víctimas piensan que es algo que les pasó solamente a ellas, y que les pasó esto porque fallaron en la pareja. Los grupos sirven mucho para empezar a entender cómo funciona la violencia de género como mecanismo disciplinador en la realidad social para las mujeres que “no han cumplido con lo que se espera de ellas”.

Es muy importante entender que, en muchas partes del país, la salud mental sigue siendo un tabú. Las personas siguen relacionando la terapia con la locura o con enfermedades, lo cual es altamente nocivo para la terapia. Hay que transmitir que la salud mental es para todxs, es un derecho que puede ayudarnos en diferentes situaciones de la vida que nos resultan complicadas. Y también, obviamente, es fundamental que los lugares de asistencia a los que la víctima tiene acceso, tengan perspectiva de género. El enfoque de género tiene que ser transversal tanto en la justicia como en la salud mental para poder sostener a la víctima cuando llega. La aplicación de la ley Micaela en el ámbito público es muy importante para que la víctima sea acompañada como corresponde.
En cuanto a la red de amigas y de familiares, son indispensables. Ayudan a instalar nuevas legalidades, a marcar que lo que está viviendo la víctima no se lo merece y también, que lo que está viviendo no debería pasarle a nadie. Es fundamental dejarle en claro que otros  vínculos más respetuosos y saludables son posibles.

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