De por qué sonrío cuando me hablan de educación pública

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Por Ayelén Cisneros

 

Nací en 1987 en un barrio al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Soy la hija de un padre que terminó el secundario en una escuela nocturna mientras tenía dos trabajos y de una madre profesora. La plata nos alcanzaba y listo, no había lujos. Cuando mi mamá tuvo que elegir la escuela donde mandarme esperó años a una vacante porque quería que fuera a una pública. En primer grado pude entrar a la escuela Alfredo Lanari, del distrito 21, en Lugano. En esos siete años aprendí, además de los contenidos curriculares, que el compañero testigo de Jehová no festejaba los cumpleaños, que existía la ropa de marca porque a una compañera le compraban cosas de John L. Cook y que la mayoría teníamos ropa considerada trucha comprada en paseos dominicales al Mercado Central. Que una latita aplastada podía funcionar tranquilamente como una pelota de fútbol, que jugar al elástico era una buena forma de conocer a tus compañeras y también incluir al compañerito que quedaba afuera del fútbol por “amanerado”. Que algunes la pasaban muy mal porque no podían pronunciar ciertas letras y no tenían para ir al fonoaudiólogo. Que éramos niñes con distintas vidas.

Mi colegio solo era primario. Al pasar al secundario el país se había ido al tacho. Era 1999 y los colegios secundarios estatales en Lugano tenían la fama de estar rodeados de violencia. La exclusión que vivían les pibes se trasladaba al colegio. Había y existe una idea de que las “juntas” que une tiene en la adolescencia determinan tu carácter y lo que vas a vivir a esa edad. Mi mamá probablemente tenía la idea de que iba a terminar en una esquina haciendo cualquiera y decidió que el colegio privado confesional era en ese momento la mejor contención que podía tener. Para mí estaba equivocada, pero tenía 12 años así que mi opinión no era tomada muy en cuenta.

 

(Esta soy yo a los seis años y él es mi hermano a los casi cuatro)

Lo que tuve en claro a los 17, cuando ya estaba harta del colegio de monjas, es que quería ir a una facultad pública. Quería salir de esa burbuja y quería conocer algo fuera de mi barrio, de los límites que me rodeaban. Mi mamá había estudiado el profesorado de Lengua y Literatura en el Joaquín V. Gonzalez a mediados de los setenta porque Filo en esa época estaba complicada. Yo tenía la oportunidad, a finales de 2004, de poder ingresar a la UBA en plena democracia.

Llena de ansiedad hice UBA XXI, en 5º año, porque todo era ya y ahora. Los primeros viajes sola al norte de la ciudad, para rendir los parciales en Ciudad Universitaria, se convirtieron en paseos turísticos. Carteles con publicidades, luces, el tránsito, les otres chiques con ropas extrañas, todo me fascinaba. Me sentía una esponja que absorbía información y que conocía algo que había visto en suplementos como el NO o había escuchado en radios como la Rock & Pop. Soy consciente que pude salir, leer y rendir, porque tenía una familia que había podido pagarme los apuntes y un colegio que al menos algo me había transmitido. Que había sido estimulada con consumos culturales que me permitieron tener una atención a la altura de las materias. Soy consciente de mi privilegio de clase media baja.

Del paseo por la carrera de Comunicación me quedaron lecturas. Los estudios culturales, la semiótica, las teorías sobre la técnica y la tecnología, los debates sobre la televisión. Lecturas y preguntas. También aprendí sobre participación política cuando un día me encontré en la toma de la facultad por la necesidad de un edificio propio y único para las carreras de Sociales. Que la política era la salida para la transformación social. Elegí la orientación en Comunicación Comunitaria. Trabajamos en prácticas con cartoneros, con personas en situación de vulnerabilidad. También soy consciente que mi educación fue gracias no solo al esfuerzo personal sino que también fue gracias a los impuestos de todes, que los que compran algo en un súper y pagan el IVA, pobres y ricos, pagaron en parte mi educación. Al pueblo argentino y a la educación pública le estoy eternamente agradecida. Mi compromiso, entonces, implica hacer todo lo posible para que no desaparezca. Sé que no estoy sola y que el camino es colectivo. Eso, por suerte, también lo aprendí en un aula.

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