El Potro: ¿un machirulo? ¿un potrillo desbocado?

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Por Tamara Talesnik

La biopic de Rodrigo Bueno tiene todas las de ganar: es la narración de la vida y obra de un ídolo popular acompañada de un soundtrack que todo espectador cantará bajito desde su butaca y de un final trágico. Como cada historia real sobre una celebridad adorada, corre el riesgo de no estar “a la altura” del imaginario colectivo, y acá hay mucha gente a la que complacer: la madre, las novias, el club de fans, les espectadores que quieren ver el lado oscuro. Pero además, decidir narrar en la era post #NiUnaMenos a un cantante varón, que fue el número uno del cuarteto y que tuvo el poder de quien llena tres Luna Parks al hilo, creo que debería ser enfrentarse a hacer revisionismo histórico no sólo sobre Rodrigo Bueno, sino sobre el “ídolo” en general. Las mujeres que estuvieron a cargo de Gilda: no me arrepiento de este amor, la directora Lorena Muñoz y su co-guionista Tamara Viñes, se hacen cargo de eso.

La primera imagen de la película es un Rodrigo (Rodrigo Romero, un albañil descubierto en un casting abierto que la rompe) vestido de boxeador y con el pelo turquesa que, en cámara lenta, atraviesa al público camino al ring. A diferencia de la escena inicial de Gilda (el anuncio de su muerte y sus fans abarrotados para tocar el ataúd en medio de rosarios y rezos), marca un inicio del mito en vida. Si Gilda es la santa post mortem, Rodrigo es el que vivió como un luchador.

Lo que se cuenta luego son las idas y vueltas afectivas y profesionales desde la adolescencia, en la que desea cantar y le ruega a su padre-productor musical para que lo lleve a Buenos Aires, hasta el momento de su muerte. En medio de eso: el apoyo/presión de una madre edípica (Florencia Peña), la muerte del padre, el romance hot pero imposible con Marixa Balli (Jimena Barón), el paso del melódico al cuarteto, el amor con Patricia Pacheco (Malena Sánchez) y su hijo, un representante que oficia de papá contenedor (Fernán Mirás) y los excesos. Los excesos que llegan a su vida en forma de amigo indeseable, algo así como “los amigos del campeón” y las “malas influencias”, eso a lo que nuestros ídolos varones suelen verse expuestos y vulnerables y que con ellos se llevan las responsabilidades.

Rodrigo (por lo que sabemos de él y por lo que vemos en la película) lejos está de ser un femicida, un golpeador o un violador, se podría decir hasta que era un muy buen tipo. Sin embargo, en medio del carisma desbordante, hay pequeños momentos de este retrato que no pasan desapercibidos en el contexto actual, y menos en medio de esta semana tan kill your idols, y que la realizadora y su coguionista ponen en foco. Cuando es controlador con Marixa (al punto de encerrarla en un baño de hotel), cuando se borra de la vida de Patricia y su hijo o cuando se chapa a una fan que recién conoce. Grité varias veces “ah re” en el cine. No “ah re por qué endiosan a este tipo”, sino “ah re no sabía que Rodrigo era así”.

Muñoz contextualiza a su personaje en la época, en el ámbito de la bailanta y en el desborde que lo lleva por la vida y a lo largo del relato, pero subraya su ejercicio del poder sobre las mujeres a partir de la mirada de ellas: todos los “no” de Marixa y el corazón roto de Patricia, y su posterior distanciamiento, dejan en claro que aunque el héroe épico de la peli es Rodrigo, es un héroe que tanto no nos agrada.

Por momentos, la empatía construída alrededor de las novias a fuerza de tiempo en pantalla y buenas actuaciones, combinada con un personaje que es bastante un potrillo desbocado que no sabe bien ni a dónde va, ni qué quiere (¿quiere cantar?, ¿quiere ser famoso?, ¿quiere estar con su familia?, ¿quiere que lo quieran?), me hizo preguntarme si Rodrigo Bueno, más allá de la anécdota, es un tipo realmente interesante de contar en esta época.

A diferencia de Gilda, en la que el deseo de la protagonista lleva al relato hacia delante como una flecha, en El Potro hay subidones y bajadas que, aunque podrían conspirar contra la efectividad de una peli que busca ser un hit de audiencia, es fiel al personaje que están contando: un tipo lleno de fuerza pero un poco perdido y que, obviamente, si hay algo que tuvo, fueron subidones y bajadas.

Frente al desafío de conservar al héroe épico, no ofender a nadie y, a la vez, construir un relato honesto y que esté a la altura de lo que fue Gilda, una épica feminista al ritmo de la cumbia, Muñoz tomó una gran decisión: narrarlo a través de las miradas de la madre, la esposa y la amante, inclusive tomando el riesgo de que sean más interesantes que él. A través de ellas, se acerca a narrar a Rodrigo Bueno en su complejidad: un desbordado, un “machirulo” controlador, un encantador, un protector generoso, un vulnerable, un roto, un talentoso y un único.

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