La soledad no está tan mal

Artboard 3

Por Agustina Schliserman
Ilustración Camil Camarero

Lidiar con las voces que resuenan en nuestro interior a causa de los mandatos de estar en pareja puede ser una tarea compleja. 

Empiezo a tipear con un nudo en la garganta, primera red flag. Por qué algo que tendría que significar felicidad me produce angustia; tal vez es su falta. No empecé a escribir de la nada sino que fue el reclamo de mi papá lo que disparó esta necesidad de poner el nudo en palabras: “lo que me haría feliz es que traigas un novio a casa”. Mi papá, bueno, lo amo, pero en menor o mayor medida cree que me falta un hombre para ser feliz, para estar completa, y eso me revienta. ¿Me revienta que él lo piense? Creo que la angustia viene por el lado de que hay una parte en mí que piensa lo mismo. Cae la primera lágrima.

Me culpo por pensar así, las infinitas veces que le dije a mis amigas, a mi hermana y a mí misma que nos tenemos a nosotras para ser felices y estar completas: “amate”, “tratate como te gustaría que un novio te trate, mimate”, “no necesitas a un hombre, son una mierda y te decepcionan”. No hay caso. La voz de damisela en peligro que existe dentro de mi cabeza desde que veía La Cenicienta no se quiere ir a ningún lado, prevalece fuerte y orgullosa por más libro feminista que lea. Mentiría si no dijera que quiero un amor como el de las películas, esos que son todos iguales y hasta con los mismos actores hegemónicos, con besos bajo la lluvia, grandes gestos y un final rosa. “Rosa” porque el final de las verdaderas historias de amor no es donde termina la película sino que ahí recién empieza, con el tiempo se torna en un marrón confuso y desagradable. No me interesa que alguien me ame para toda la vida, que el amor tenga que durar para siempre y haya que desvivirse por mantener la llama prendida, o simplemente para convivir. No quiero sentirme encerrada en una relación de cuarenta años y tres hijos de por medio con miedo a separarme por no saber quién soy ni como vivir en soledad. 

En la década de los veinte tenés que estar sola, conocerte a vos misma para saber qué te gusta y qué no, conocer a la mayor cantidad de hombres para saber qué te gusta y qué no, probar con alguna mujer, probar todo. ¿Por qué esta aventura me hace sentir tan sola? No estoy sola, tengo una linda familia, amigos incondicionales, chongo de vez en cuando, puedo decir con seguridad que me tengo a mí misma como mi mejor amiga, tengo sueños, ambiciones y un cuerpo hermoso que me lleva a donde quiero ir. Todo se vuelve nada sin la compañía de aquel hombre que me abrace, me proteja, me coja, me presuma, me acaricie, me ame, me diga que soy hermosa, me valide. 

No es una angustia constante, todo lo contrario, desde que aprendí a mirarme amablemente en el espejo, desde que me inserté en el feminismo y desde que todos los hombres que fui conociendo a lo largo de mi vida terminaron siendo una decepción. Cada vez me acuerdo menos de que no tengo a nadie que me haga mimos en tardes de lluvia. Mi intención no es ser dura con los hombres, no los odio, pero ninguno le llega a los talones al morocho fuerte, gracioso y dulce que armé en mi cabeza. Eso es lo que más me molesta, que no sea su culpa. Ellos me muestran como son desde el primer día, yo elijo no creerles y me aferro a los escenarios imaginarios que sueño cuando me voy a dormir, los idealizo y así resulta imposible que no me decepcionen y que esa decepción me duela. ¿Pido mucho? ¿Desde cuando la consistencia, la empatía y el romanticismo pasaron a ser bienes escasos? 

Cuando más sola me siento pongo todas mis fichas en ese pibe amigo de amigos, no es tan lindo, ni tan gracioso, ni tan bueno pero su atención y validación cotiza en bolsa cuando no la obtengo de nadie más. La sensación de que alguien te elige para pasar su tiempo, se interesa por lo que hiciste en el día, el momento del clímax cuando él está por acabar y te desea con todas sus fuerzas, la satisfacción de ser deseada. El único tipo de satisfacción que me va a dar, porque de acabar yo ni hablemos. Me hago ilusiones, me da migajas, me conformo siendo consciente de que me merezco más, no me da ni migajas, dudo de mí misma, ¿qué me falta?, me olvido, me vuelvo a amar, vuelvo a mí, aparece otro, se repite el ciclo. 

Cuando pensaba que era una mujer horrible y me iba a dormir todas las noches llorando y pidiéndole a un dios en el cual no creo ser más flaca, cuando soñaba que tenía un accidente que me dejaba internada pero valía la pena porque me despertaba con diez kilos menos, en esa etapa de mi vida, sabía que no merecía amor, nadie me iba a considerar atractiva siendo “rellenita”. No había nada rescatable en ese pensamiento, sin embargo había una razón concreta por la cual no me amaban, no gustaba: no era flaca.

“Para que alguien te ame tenés que amarte a vos misma”, la frase más trillada sobre el amor propio. Nadie te avisa que al estar en paz con tu cuerpo y tu alma tampoco llega el príncipe azul al rescate. 

¿Por qué me angustio por la falta de algo que nunca conocí? Glorifico tanto el estar enamorada que su ausencia se convierte en tragedia, la ausencia de un amor que ni siquiera tuve. Culpo a la sociedad por poner al amor romántico heterosexual como la receta para la felicidad, por poner al amor familiar y a la amistad en un segundo plano y me culpo a mi misma por creerme esa gilada. 

Nunca estuve enamorada, pero sí en lo que pensé que era el proceso de estarlo. Las mariposas en la panza, sonreír cuando me llega un mensaje, contarle a mis amigas. El disfrute de lo bueno es efímero y las mariposas resultan ser ansiedad. Me carcome pensar que el pibe no se enamoró de mí, que no crea que soy increíble y hermosa, la mejor mina que va a poder conseguir, que no se esfuerce por matenerme a su lado. Me obsesiono con su opinión de macho y ni siquiera me pregunto si él me gusta a mí. Con excepciones, la respuesta es no. Soy consciente de que no me gustan mucho antes de dejar de verlos, porque no busco su amor tanto como su preciada validación

Es inevitable preguntarme si siquiera me gustan los hombres o si mi mente confunde “deseo” y “amor” con ser “deseada” y ser “amada”. Capaz no hay que pensar tanto ni generar tantas dudas, capaz este quilombo desaparezca cuando me enamore y se enamoren de mí y relea estas palabras diciendo “¡ay, qué exagerada!”. Reconozco que hace bastante no tengo mi dosis de validación masculina, es de noche y en cualquier momento empiezo a menstruar, en fin, siento todo a flor de piel. Con estos datos no quiero decir que sea una boludes hormonal lo que estoy escribiendo, valoro y respeto mis sentimientos, por eso quise plasmar mi angustia en palabras, entenderla, cuestionarla. 

Tal vez todo se reduce a que quiero que me vean, que me elijan. 

Me seco las lágrimas, respiro hondo, prendo una vela y me hago un té de frutos rojos para empezar a leer mi novela. El nudo en la garganta

desapareció. Aparece en mi cara una sonrisa irónica seguida por un suspiro. 

La soledad no está tan mal, che.

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