Les gordes en lucha

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Por Cinthia Giselle Dalama

Llegué a la Escuela N° 747 a la una y media del mediodía del sábado. No hago futurología, pero le había comentado a mi amiga Flor que teníamos que llegar temprano para poder entrar al taller y no me equivoqué. A las tres y cuarto, quince minutos después de que habilitaron el aula, ya se había llenado.

Leí la lista muchas veces y el contenido de cada taller unas tantas otras. Si bien me daban curiosidad muchos temas, sabía que mi lugar estaba en el taller de Activismo Gorde. Dudé, porque este año, a diferencia del anterior, me sentía diferente. No sabía bien por qué.

Tuvimos que movernos porque ya no había más lugar en el aula, además de que las estufas estaban prendidas con una temperatura exterior de 25 grados. Para las tres y media (horario en el que, finalmente, empezó el taller) éramos alrededor de 200 personas en el patio donde no dejó nunca de darnos el sol. Con lentes, los ojos entrecerrados, protector solar y mantas en la cabeza, resistimos, porque si hay algo de lo que sabemos es sobre bancarnos situaciones hostiles. Como quien no quiere la cosa, la comisión organizadora también nos invisibilizó: no se dió cuenta que podríamos haber llenado cinco aulas y haber estado cómodes como les chiques del taller de ESI que ocupaban toda una escuela.

Foto: Inmensidades

Este año fue diferente. Lo digo porque los cuerpos que habitaban el taller eran distintos a los del año pasado. No sé muy bien qué pienso todavía de las identidades más hegemónicas y de les flaques asistiendo a un espacio de activación de gordes, pero lo que sí sé es que claramente hay una necesidad que ya está creada de conocer qué pasa, de entender qué es y cómo. Se había generado un clima de respeto con el cual me seguía sintiendo cómoda.

Después de leer las reglas del taller, las coordinadoras cedieron la palabra. La primera voz que rompió el silencio me sonaba, ya la había escuchado el año pasado. Dijo haberse ido muy empoderada de Resistencia, pero que volvía con la cabeza baja de nuevo, porque había tenido una relación violenta en el medio que destruyó todas sus convicciones. Así que, ahí íbamos de nuevo: a tratar de reconstruir los lazos y las redes que nos hicieron sentir que no estábamos soles, que aunque nos veamos una vez por año, ahí estábamos todes: dándonos algo más que un abrazo, dándonos herramientas para cuidarnos de les otres que nos condenan a una vida de marginalidad.

Este año no lloré tanto, y digo tanto porque llorar, lloré igual. Creo que un poco fue porque, de alguna u otra forma, ya sabía cómo encarar mi lucha diaria. Ya tengo grupos seguros y de pertenencia, ya sé que hacer cuando no puedo lidiar más con mi ansiedad, entonces estoy más protegida.

Después de una jornada llena de emociones, me quedé pensando en la gordura. Parece redundante y obvio, pero me quedé pensando en que mi gordura no es sólo mía, sino que es política y sobre todo, que no es un problema. Mi cuerpo gordo es mío, sí claro, pero no es mi característica única: la gordura es colectiva.

Foto: Inmensidades

Hablé con algunas amigas que se habían quedado en Buenos Aires para contarles mi experiencia. Y ahí entendí por qué había guardado tanto silencio durante las primeras tres horas del taller: yo no iba ahí para encontrar algo, yo iba para compartir mis certezas. Escribí algunas líneas antes de irme a dormir el sábado, porque me di cuenta que sí tenía algo para decir aunque había creído que no.

El domingo llegué temprano, diez minutos antes de las 9 de la mañana. Me llevé una silla de un aula y me volví a sentar en el patio. Esa mañana ya no se me iban a dormir las piernas por sentarme en el piso. Escuché varios relatos que me llenaron de bronca, y también avivaron mi dolor más profundo: porque aunque a veces crea que ya superé todo, siempre hay una curita para arrancar de la herida más interna. Pedí la palabra y me anotaron en una lista. Cuando fue mi turno, agarré el megáfono y con la voz entrecortada por los nervios que tenía, me expresé. Hablé de que cualquier cosa es opacada por la cultura de la delgadez y que nada es más importante que eso. Que podés ser la mujer más inteligente sobre la faz de la tierra, pero que si no sos hegemónica primero, parece que no importara. También hablé sobre las enfermedades. No desde un punto de vista médico, sino desde mi experiencia: si estás enferme, es tu problema y no el de los demás, no hacés apología de absolutamente nada. Y por último hablé de privilegios, lo importante que es entender que antes de sentirse más vulnerade que otres, reconocer que tenemos ventajas por nuestra condición social, económica, educativa, color de piel o sexualidad, ante otres.

Foto: Inmensidades

Al margen de que compartiera esto con todes, creo que lo que hasta hoy me dejó flasheando es el concepto de deseo. En el mercado del deseo, a les gordes nos toca la menor parte. La distribución, como en otros mercados, es desigual. Nos tenemos que esforzar muchísimo más que cualquier otre para gustarle a les demás. Los medios de comunicación no nos ayudan en lo más mínimo con esto.

Somos invisibles. Estamos ahí, pero no nos ven. Estamos trabajando para aparecer, para ser parte de las luchas feministas. Pero nos encontramos con que, incluso en los espacios más inclusivos, aún nos niegan nuestra identidad: nos dicen que no estamos gordes, que no digamos eso de nosotres, que estamos bien. Esos comentarios nos duelen y nos lastiman, porque piensan que la gordura está mal y que es una mala palabra y nosotres estamos aguantando para mostrarles que no es así.

Hoy estoy acá, entendiendo que me sentí diferente porque tengo una relación afianzada conmigo misma y que eso no hubiese sido posible sin haber formado parte de un espacio lleno de experiencias parecidas a la mía. Ahora tengo que salir a enfrentarme a nuestro enemigo común: la mirada de les otres.

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