Libertad y rosas

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Por Ayelén Cisneros

Una película sobre una piba que deviene en anarquista en un viaje por Europa, que se enamora, que cae presa junto a sus compañeros (acusados injustamente de ecoterrorismo) y que se mata. Soledad Rosas existió en la vida real, murió en 1998 y se convirtió en un símbolo del anarquismo contemporáneo. Su historia fue narrada en el libro Amor y anarquía de Martín Caparrós, un best seller muy vendido a comienzos de los dos mil acá en Argentina. Soledad se estrenó la semana pasada, con pocas entradas cortadas -alrededor de cinco mil en todo el país-, aunque la Ciudad de Buenos Aires se encontraba inundada por afiches con Vera Spinetta, su protagonista.

Soledad fue dirigida por Agustina Macri, cineasta que trabajó con Oliver Stone en los documentales Snowden y The Putin Interviews y en varios programas de televisión local. Como feministas sabemos que no podemos definir a una persona por lo que hace su marido, su padre o cualquier otro integrante de su familia. Por eso sabemos que es importante hablar de lo que hace ella además de decir que es hija del Presidente de la Nación. La elección de Spinetta como la protagonista fue acertada. Se banca planos cercanos con emociones muy intensas, le creemos todo. La fotografía es bella, hay planos de la ciudad de Turín muy logrados y en general la construcción de la imagen es muy prolija y no se ve artificial de tan perfecta.

El libreto es el que puede generar dudas. No se entiende por qué Soledad elige seguir a los anarquistas que se cruza en Italia. La historia habla de su “rebeldía” en Buenos Aires pero, de todos modos, se ve tirado de los pelos su convencimiento por el anarquismo. De pasear perros a robar en grupo en terrenos del ferrocarril en otro país hay un trecho, el film no construye un camino en el medio. Se ve un deseo de libertad pero no hay miedos, no se pueden notar las dudas. Merece una mención especial que Soledad, piba de clase media de colegio de élite, y la mujer bien que la acompaña en el viaje se hospeden en una casa anarquista y que eso, así solo, no parezca arbitrario y raro.

La directora toma una decisión arriesgada a la hora del suicidio de Soledad, que se enuncia desde la lentitud narrativa y las escenas de desorientación-tristeza. Deja la duda de por qué se mata, si por amor (porque su compañero había muerto hacía unos meses) o por la causa anarquista. Queda esa nebulosa que genera interrogantes. El amor romántico se lleva al extremo o el amor a una idea te lleva a la autodestrucción total. Así cierra el film.

No nos queremos poner técnicas pero una película, como discurso, tiene influencias de otros productos culturales, y su punto de vista está traspasado por su realizadore. A eso les semiólogues le llaman las condiciones de producción de un discurso. Agustina Macri cultiva un perfil bajo, nunca quiso exponerse y casi no se sabe mucho de ella. En una entrevista por el estreno de su ópera prima, Pablo Sirvén le preguntó cuál era el mensaje que quería transmitir con el film. Es curioso pensar que un producto cultural tiene que tener un mensaje o una moraleja. Las respuestas que dió su directora incluyeron estas palabras: “libertad”, “poder dar todo por algo”, “búsqueda interna”, “pasión”, “viaje iniciático”. Podemos preguntarnos si el interés por retratar a una anarquista parte de una visión individual de la libertad o desde una búsqueda colectiva. La película no amplía lo que pasa con sus compañeres que quedaron afuera de la cárcel, los que seguían su activismo. La heroína es ella y su libertad radica en la posibilidad de matarse. En su individualidad, en su búsqueda interna. ¿Es casual en esta época y en este país reivindicar este tipo de libertad?

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