Mi nombre es Shogofa: ser mujer y nacer en Afganistán

Shogofa feed

Por Cinthia Giselle Dalama

Un perfil sobre la activista que lucha por la libertad y la educación de las mujeres que viven bajo el régimen talibán.

Horror y terror. Esperanzas y sueños. Estas son las palabras que más escuché estos últimos meses decir a muchos afganes, pidiendo por sus vidas en un mundo -un mundo pandémico- donde su derecho a existir y ser libres no parece importar.

En este mundo, que promete un futuro seguro para las personas que pueden tomarse un avión o caminar hacia otro país, conocí a Shogofa. Cuando la vi por primera vez, me recordó a muchas mujeres que ya conozco: una mirada muy poderosa, comprometida con la escucha pero con una voz fuerte. Nació en Afganistán y emigró a los Estados Unidos en 2010 a través de un programa de intercambio para estudiantes. Y luego, se quedó.

Cuando le pregunté por qué decidió emigrar, cómo hizo para tomar esa decisión, dijo que lo mismo que está pasando estos días, le pasó a ella cuando era niña. En 1996 los Talibanes tomaron el poder de Afganistán, ella estaba apenas en sexto grado. Las escuelas se cerraron para las mujeres, sin música, sin películas, sin televisión, todo fue muy extremo. “Era joven y tenía hambre de educación”, me dijo, y las preguntas empezaron a surgir: ¿Por qué como mujeres tenían que quedarse en sus casas? ¿Por qué como mujeres tenían que ser castigadas por querer estudiar?

Recordó a su madre como su modelo a seguir y su verdadera inspiración. Esto me hace pensar en lo importante que es tener representación o personas que puedan mostrarnos que, incluso cuando el mundo parece ser un lugar horrible, hay personas que de alguna u otra manera encuentran un lugar para seguir construyendo entre todo eso. Pero su madre perdió su trabajo durante el régimen Talibán. Ocupaba el puesto de directora de una escuela de niñas en la provincia de Mazar-e-sharif, donde Shogofa solía vivir con su familia. Esa fue la razón por la cual se arriesgó a salir de su país natal, viajar a Estados Unidos y ayudar a mujeres y niñas afganas.

Irse a vivir a otro país no fue fácil. Apenas hablaba inglés, pero a temprana edad comprendió que para tener una oportunidad necesitaba vivir en otro lugar. Las mujeres fueron desterradas de la sociedad de un momento a otro, y el futuro no parecía esperanzador. Afganistán duele porque parece haberse rendido ante todos los avances en derechos para las mujeres conseguidos en los últimos años.

Shogofa es graduada de un Master en Salud Pública por la Universidad de Washington. Terminó sus estudios de grado en relaciones internacionales especializándose en los derechos de las mujeres a recibir educación en Afganistán. Viviendo en Estados Unidos se dio cuenta de que tal vez no era una elección: «No puedo ser la única que tuvo suerte cuando todavía hay muchas desafortunadas en mi país natal, probablemente ansiosas por educarse como lo hice yo». Quizás hay cosas que no elegimos porque ellas nos eligieron a nosotres primero.

«Tengo que hablar sobre mi cultura», fue la conclusión que sacó Shogofa viviendo fuera de su país. Como ya sabemos: lo que no se ve, no existe; así que además de su principal objetivo -llevar la educación a las mujeres y niñas que aún estaban en Afganistán-, tenía que conmemorar la historia que conoció y vivió, las tradiciones entre las que se crió y de las que poco se sabía. Algo como tocar una herida que comenzaba a sanar. Tal vez hay heridas que no cicatrizan completamente. Tal vez no existe tal recuperación como la única forma de avanzar.

Por supuesto, la realidad en Afganistán no se acerca ni por asomo a lo que muestran los medios. Y esa es la razón por la que este artículo sale ahora y no hace dos meses: necesitamos darle espacio y lugar a las personas que están atravesando esta situación para que hablen y cuenten su historia. Tenemos que escucharles, apoyarles y no hablar en nombre de elles.

En Afganistán la pandemia no es una prioridad cuando hay que sobrevivir. “No pensás en usar máscaras, pensás en salvarte la vida”. Y salvarse significa: encontrar comida y un lugar para dormir. Los recursos sanitarios son casi inexistentes. 

Pero incluso en este contexto, las mujeres están en huelga y tenemos que apoyarlas, hacer saber al mundo que no están en silencio: están alzando la voz y poniéndose de pie. No renunciarán a todo lo logrado estos últimos años.

Genocidio dijo Shogofa y sentí escalofríos. “Es muy triste ver cómo las Naciones Unidas y otros países se quedan callados cuando los derechos de las mujeres en Afganistán están en peligro. Invertimos 20 años en apoyar la educación y el empoderamiento de las mujeres allí, dándoles una voz y educación para que puedan defenderse ante las injusticias pero ahora parece como si hubiésemos dejado de hacerlo, les estamos dando la espalda”.

Shogofa hablaba con tanta claridad que me hacía pensar que todo podría estar bien, o al menos que existe algo que puede hacerse para afrontar el horror. Creo que esta es la fuerza del activismo, las muchas voces que viajaron a través del océano Pacífico con ella y las honra con cada acción que toma.

Definitivamente se trata de la fuerza y de lo inquietante que es la realidad. Nada termina con la educación, ese es solo el comienzo. Shogofa mencionó también la vida en general, el bienestar, las oportunidades laborales, escuelas, bibliotecas: debería haber un lugar para sus esperanzas y sueños.

Diría que todas estas experiencias deberían ir a otra parte, y así fue. Sahar empezó a trabajar en Afganistán luego del 9 de septiembre de 2001. Construyó escuelas y fue proveedora de educación para mujeres y niñas, que son la mitad de la población del país. 


Shogofa trabaja como Líder de programas. Antes, fue voluntaria y apoyaba programas en Afganistán como los matrimonios tempranos (Early Marriages), Hombre como socio en el cambio (Man as Partner in Change), formaciones de profesoras y codificación digital. Estas actividades ayudan a la independencia de la mujer y también a la familia: los padres entienden que las mujeres no son mercancía. También pueden trabajar y llevar dinero a sus hogares.

Pero claro, esto no es definitivo, ni tampoco el fin porque la energía que rodea a Shogofa, es infinita: ahora quiere trabajar con hombres. Entiende que debe proporcionar la información adecuada a los hombres sobre los derechos de las mujeres y cómo se puede prevenir la violencia doméstica. El objetivo del programa es educar a los hombres jóvenes, pero su objetivo personal es detener la violencia contra las mujeres que aún se encuentran en Afganistán. La conversación sobre la igualdad debe continuar.

Me di cuenta de que el hambre del que hablaba es real. No tiene que ver con la comida, sino con algo que te alimenta más: la educación. Después del 11 de septiembre, las generaciones más jóvenes en Afganistán, tuvieron acceso a Internet y a las redes sociales, vieron la posibilidad de otro mundo. Quieren que las cosas sean diferentes y Shogofa quiere estar allí para amplificar sus voces y ser parte de ese cambio.

Pero ahora mismo todos los programas están interrumpidos. ¿Se imaginan tenerlo todo para perseguir el cambio que querés ver en el mundo y de un momento a otro ves que todo se desmorona? Se siente que todo lo que sucedió en el régimen Talibán anterior, está sucediendo de nuevo, y aunque ahora sos espectadore, por alguna razón la herida todavía duele.

La buena noticia es que todo lo que está sucediendo, está dentro de otro contexto. Las mujeres en Afganistán están en otro lugar: conocen sus derechos, están hablando y defendiéndose. Estos últimos 20 años han encontrado su voz y han estado luchando por su libertad.

El rostro de Shogofa me dijo lo que las palabras no pueden decir: el sentimiento de «todo de nuevo» es real. Los recuerdos en su cuerpo son tan vívidos como cuando era una niña con sus derechos vulnerados. ¿Qué podemos hacer para decir que todo va a estar bien cuando realmente no podemos asegurarlo? ¿Es suficiente toda la fuerza y ​​la esperanza para afrontar esta situación?

Tiene miedo y apenas duerme. Su familia todavía está en Afganistán. Habla de sus sobrinas y de la importancia de que tengan los mismos derechos que ella. Tiene miedo porque parece que no hay futuro para ellas -y otras jóvenes- podés soñar con ser profesional, pero sabés que no hay oportunidades de materializar ese sueño, que sabemos bien que es un derecho. El miedo está más cerca porque es una persona pública que defiende los derechos de las mujeres afganas. Ella siente que está poniendo en peligro a su familia por eso. No quiere pensar que sucedería si alguien la buscara en Google.

En este momento, Sahar se encuentra en búsqueda de nuevos caminos para alcanzar sus objetivos. Trabajando con el Ministerio de Salud y con las parteras. Esto último es notable porque los talibanes no permiten que las mujeres trabajen, pero tampoco permiten que las mujeres vayan con médicos hombres, por lo que en esta contradicción, las parteras se convirtieron en un poderoso recurso de salud para las mujeres embarazadas y para continuar con los programas de Sahar. Parecen ser una chispa de luz pequeña, allá, muy lejos. Pero Shogofa me advierte: no nos vamos a rendir.

Les afganes están corriendo peligro y estoy dando lo mejor de mi para transmitirlo. No creo que me haya sentido tan comprometida nunca antes a contar una historia lo mejor que pueda. Shogofa es la voz de muchas personas que no tienen voz en este momento. Porque existe un régimen de horror y terror para las personas que quieren vivir su vida libremente.

«¿Dónde está mi casa ahora mismo?» me preguntó Shogofa, y no tuve nada que decir, simplemente no pude contestar eso, así que se hizo silencio por primera vez en nuestra conversación de 40 minutos. Un silencio símbolo de la incertidumbre de estar en dos países lejos de Afganistán pero intentando sentirnos cerca de esa realidad para poder contarla de la mejor manera, trazando estrategias para preservar los derechos de las personas que allí viven.

Pero déjenme decirles: estoy segura de que hay muchas Shogofas en todo el mundo que ven a mujeres más jóvenes y las escuchan, incluso si el día parece más oscuro que ayer. Sé que hay muchas Shogofas porque las veo aquí en nuestro país, la gente habla de ellas; y les importa, y están trabajando para hacer del mundo un lugar más vivible, incluso cuando parece un lugar hostil e inhabitable.


My name is Shogofa: being a woman and born in Afghanistan

A profile on the activist who fights for the freedom and education of women living under the Taliban regime.

Horror and terror. Hopes and Dreams. These are the words that I’ve been listening to these last weeks by a lot of Afghan people praying for their lives in a world -a pandemic world- where their right to exist and be free doesn’t seem to matter.

In this world, that promises a safe future for people who can take a plane or walk through another country, I met Shogofa.  When I first saw her, she reminds me of a lot of women that I already know: very powerful sight, committed to listening but with an overpowering voice. She was born in Afghanistan and immigrated to the United States in 2010 in an Exchange student program. And then, stay.

When I asked about why she decided to emigrate, how did she made that decision, she said that the same that is happening these days happened to her. When the Taliban took over Afghanistan in 1996 she was very young in 6th grade. Taliban  closed the schools for women , no music, no movies, no tv, all was very extreme. “ As young woman I was hungry for education”, she told me, that during the Taliban as young woman she asked this question from her mother that why she can’t go to school ? why women should stay home and men should go to school? 

She remembered her mother as her role model and true inspiration. This makes me think about how important is to have representation or people that can show us that, even when the world seems to be an awful place, there is something that is surviving and doing things that you find inspiring. But her mother lost her job during the Taliban . she was a principle in a girls high school in Mazar-e-sharif where Shogofa used to live with her family. This is the reason she took risk to travel by herself to come to the United States to get an education and help Afghan women. Going abroad wasn’t easy. When she came to the United States she was not familiar with the culture and language and barely spoke English, but at a young age, she understood that in order to have an opportunity she needed to travel to another country. Women were banished from society from a moment to another, and the future seems unhopeful for them.
Afghanistan hurts because women don’t  seem to matter in the way they used to.

Shogofa  graduated with a masters degree in Public Health from University of Washington. She finished her bachelor degree in international Relations focusing on women’s right. s right to education in Afghanistan. But from her new home that is the United States, she realized that maybe It wasn’t a choice: she can’t be a lucky one when there are a lot of unlucky ones still in her native country probably hungry for learning as she was too. Maybe there are things we don’t choose because they chose us first.

“I have to speak about my culture” was something Shogofa shared about the process she had to go through when speaking about Afghan women’s reality. As we already know: what you don’t see, does not exist, so apart from her main objective to bring education to women and young girls that were still in Afghanistan, she had to commemorate the history she knew and live, the traditions she was raised into. Something like touching a wound that was beginning to heal as a scar. Maybe, healing is not the only way to move forward.

Of course, the reality in Afghanistan is not even closer to what the media shows. And that is the reason why this article is out now and not two months ago: we need to give space and places for the people that are suffering to share, talk. We have to listen and support them, not to speak on behalf of them and say the things we understand. We don’t have to forget that the world is under a Pandemic, but the thing is that in Afghanistan there is so much poverty, so the pandemic is not a priority when you have to survive. “You don’t think about wearing masks, you think about saving your life”. And saving your life means: finding food, and a place to sleep. The health resources are inexistent. But even in this context, women are striking and we have to support them, let the world know that women are not in silence: they are raising their voices and standing up. They will not give up everything they achieve these last years.

Genocide. She said:» It is very sad to see how the United Nations and other countries stay quiet while women’s rights are in danger in Afghanistan. We invested 20 years to support women’s education in Afghanistan empowered women and give them a voice to speak up and educate them to stand up against injustice but now simply we turn our back to them and leave them behind” .
Shogofa speaks with such clarity that makes me think that everything could be alright, or at least, there is something to do to face the horror. I think this is the strength of activism, the many voices that travel through the Pacific ocean with her, and she is honoring with every action she takes.

It is definitely all about strength and that hunger again. I listened very carefully to every word that she said and it is all about helping, and keep working for women’s rights to be respected. But she understands that nothing ends with education, It is just the beginning. She is talking about what has to be done about their entire lives, their well-being, job opportunities, schools, libraries: there must be a place for their hopes and dreams.

I would say that all of these experiences must go somewhere else, and they did. Sahar start working in Afghanistan after 9/11 mostly building schools and providing education tool for women. 

Shogofa is working at Sahar as a Program Manager. Before that she worked as fellow and supported programs in Afghanistan such as Early Marriages , Man as Partner in Change, Teacher training and Computer Center. These programs help young girls to get education and prevent early marriage.
But of course, this is not final and the end, because the energy that surrounds Shogofa, is infinite: she now wants to work with men. She understands that she needs to provide the proper information to men about women’s rights and how domestic violence can be prevented. The objective of the program is to educate young men but, her personal objective is to stop violence against women still in Afghanistan. The equality conversation must go on.

I realized that the hunger she is talking about is real. It hasn’t had to be with food, but with something that feeds you more: education. She talks a lot about the changes that Afghanistan has been through after 9/11. This younger generation has access to the internet and social media that hasn’t happen before. They want things to be different and Shogofa wants to be there to amplify their voices and be part of that change.

But right now all the programs are interrupted. This breaks not only her heart but mine too. Can we imagine having it all to pursue the change you want to see in the world and from a very brief moment to another you see it all fall apart? It feels that everything that happened in the previous Taliban regime, is happening all over again but now you are a spectator, but for some reason, the wound still hurts.

The good news is that everything that is happening now is within another context. Women in Afghanistan are now in another place: they know about their rights and they are speaking up and defending themselves. They are not passive, they are active too. These last 20 years, they found their voice and have been fighting for what is theirs: their freedom.

Shogofa’s face told me what words can’t tell: the ‘all over again’ feeling is real. The memories in her body are as vivid as they were when she was a little girl with their rights violated. What can we do to say that everything is going to be alright when we really cannot assure that? Is all the strength and hope enough to face this situation?

She is afraid and barely sleeping. She told me and I listened to it in each word she said. Her family is still in Afghanistan. She is speaking about her nieces and the importance of them having the same rights as her. She is afraid because It seems that there is no future for them -and other girls- in Afghanistan, you cannot dream of being a professional, because you are a woman. The fear is closer and it is hunting again. But mostly, she is afraid because she is a public person, standing up for Afghan women’s rights. She feels she is putting her family in danger because of that. She doesn’t want to think what would happen is someone googled her.

Right now, Sahar is looking for new paths to reach its objectives. Working with the Health Ministry, and with midwives. This last is remarkable because the Taliban don’t allow women to work but they also don’t allow women to go with men doctors, so in this gap, the midwives became a powerful resource in health for pregnant women. They seem to be a shine of light of very far away. but she alerts me: we are not going to give up.

People are in danger. And this is the most terrific thing about writing this. I don’t think I felt this committed ever before to tell this story the best I can. Shogofa is the voice for a lot of people that don’t have a voice right now. Because there is a regimen of horror and terror for people that wants to live their life freely.

“Where is my home right now?” and I don’t have anything to say, I simply cannot answer that, so silence is made, for the first time, in our 40 minutes conversation.

But let me say: I am sure that there are a lot of Shogofas around the world that are seeing younger women and listening to them, even If the day seems darker than yesterday. I know that there are a lot of Shogofas because I see them here in our country, people are talking about them; And they care, and they are working to offer a more living world, even when the world seems hostile and unhabitable place.

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