¿De qué hablamos cuando hablamos de moda sostenible?

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Por Aida Raddi Corbari
Ilustraciones: Tamara Conforti

Menos impacto negativo en el medioambiente y condiciones justas de trabajo son algunas de las características del nuevo paradigma para las marcas que apuestan a una forma de producir que marque la diferencia. La idea de esta nota es ejemplificar el proceso de elaboración y diseño de una prenda de moda sostenible. 

A la industria de la moda la cambian sus consumidores. Es por esto por lo que hay que hablar de moda sostenible. Pero antes de comenzar quisiera hacer un disclaimer: yo no creo que toda la responsabilidad tenga que caer en les consumidores porque esto implica cargar demasiado peso a una parte de la ecuación, liberando a la otra, como las empresas, que forman la porción más dañina. Sí creo que quienes producen se acomodan de acuerdo con la demanda, y es por eso que hay que tocar este tema y exigirles que cambien.

Por otro lado tampoco creo que la moda sostenible sea todo lo que está bien, de hecho dejé muchas problemáticas como la amplitud de talles y la inclusión fuera de este artículo para que no se vuelva eterno y engorroso. Lo escribí para que sea una punta desde donde se pueda tirar del ovillo y problematizar algo tan necesario para transitar nuestro día a día como lo es la ropa. 

La producción

Valentina Suarez, directora del hub de moda latinoamericana Universo Mola, explica que “la sostenibilidad en moda requiere que las empresas empiecen a tener un propósito y objetivos de sostenibilidad económica, medioambiental y social claros trazados en el tiempo para cumplir e ir midiendo paso a paso. Cuando hablo de propósito es una razón por la que existe, una forma de solucionar un problema social o medioambiental”.

Para manufacturar las prendas, la marca necesita utilizar materiales orgánicos que son mucho más caros que los que se pueden comprar en cualquier local de telas al por mayor. Esto sucede porque los procesos para elaborar el producto llevan más tiempo; por ejemplo el cultivo de algodón orgánico se hace en terrenos donde hay rotación de cultivos para que el suelo no pierda sus nutrientes, entre otras cosas. 

Además de llevar más tiempo y, siguiendo esta lógica, le productore debe pagar salarios justos a quienes están trabajando en el campo, dato importante, porque como asegura Valentina “el comercio justo habla de la valorización de las empresas y las personas. Si la marca valora el trabajo logrado en la creación de sus productos, contagiará a sus empleados y los educará. Se trata de derechos humanos a fin de cuentas, de justicia y equidad. Y ahí se logra no solo la sostenibilidad económica sino social”. Creo que nadie está en contra del comercio justo. La realidad es que esto encarece el producto y le diseñadore de indumentaria tendrá que pagar (y cobrar) más para poder vender un producto libro y con un impacto social y medioambiental positivo. 

Como todo está conectado, para que el producto que le consumidore compra sea 100% sostenible, le diseñadore tiene que seguir con la cadena que inició le productore, es decir tiene que pagar salarios dignos, y darle buenas condiciones laborales a sus trabajadores, usar tinturas orgánicas y que el packaging del producto no genere residuos.

Entonces para aminorar un poco los costos, les diseñadores toman algunas decisiones que les permiten instalarse en el mercado vendiendo sus productos por precios asequibles a un mayor grupo de personas, sin dejar de lado sus convicciones sociales y de conciencia medioambiental. Un ejemplo es el de pagarles de manera justa a sus empleades o como en el caso de Limay Denim. En sus redes sostienen que prefieren producir «todo lo más local posible, aunque los materiales no están hechos de manera sostenible, ya que esto hace que la huella de carbono sea menor, y también ayuda a fortalecer las economías locales”. Esta decisión la tomaron porque según elles en Argentina «nunca fue una prioridad la sostenibilidad ecológica, es decir, nunca se buscó la opción sustentable en el proceso productivo, entonces no hay tanta tecnología para poder producir generando cero desperdicio, por ejemplo”. Lucía, de la marca que lleva su apellido, Chain, respecto a la producción de los materiales agrega que “Argentina es un país muy grande, los productores no siempre están en la misma zona, y gran parte de nuestro vínculo se basa en la confianza de que lo que te dicen es así. Hasta que no tengamos una producción certificada y regulada es muy difícil estar 100% seguros de que la comunicación se haya dado con transparencia. Esto no quiere decir que no haya producción consciente en nuestro país, sino que no está certificada del todo y en todos sus aspectos».

Las tendencias son repeticiones de un patrón durante un período de tiempo: hay empresas que se encargan de analizar y predecir lo que se va a usar en un par de años, y estas predicciones las compran las marcas para saber cómo diseñar sus próximas colecciones. Hay tendencias que duran más, como por ejemplo, la inspiración en los años setenta que se instaló desde fines del año pasado y que podemos seguir viendo hasta ahora. Otras duran solo una temporada, como los zapatos que eran mitad mocasín mitad felpa, super populares en el 2018: hoy los vemos y no nos parecen tan lindos como antes. 

Y del otro lado

Las tendencias logran que sintamos que no tenemos nada para ponernos. Abrimos nuestro armario y pensamos que nuestra ropa no es linda, que no tenemos nada para ponernos. Esto nos lleva a tener una gran necesidad de compra de indumentaria que “se está usando” para sentirnos incluides en sociedad.

Aquí comienza a ser super importante nuestro rol como consumidores. Así lo expresa Valentina Suárez: “Con nuestra compra estamos diciendo qué mundo queremos, qué empresas valen la pena y qué prácticas son correctas. Asimismo, nosotros tenemos la responsabilidad de cuidar el producto para evitar que termine en vertederos o no cumpliendo su cometido”.

Jazmín Cofone, de la marca Abrakadabra, explica sobre el objetivo de reducir el consumo: “No podemos pensar en producir telas hechas con materiales orgánicos como el bambú o el cáñamo, porque intentar hacer eso es un proceso eterno y con muchísimas trabas burocráticas. Pero podemos pensar en reducir el consumo generando una prenda de calidad que dure años, o cortar prendas a menor escala para reducir el descarte al mínimo posible. Podemos hablar de que ese descarte puede ser reutilizado en tantas maneras como para que no exista un descarte, entre otras cosas”. 

El estilo personal es otro concepto que ayuda a cambiar los hábitos de consumo y la forma en la que vemos la moda. Se trata de pensar un poco antes de comprar: ¿qué tipo de vida llevo?, ¿este producto será funcional?, ¿lo usaré el año que viene? Esta última pregunta es la variable más importante ya que el consumo está guiado por las tendencias. Tener un estilo personal lleva tiempo, pero es útil y facilita las compras. Modificar los hábitos de consumo no es solo comprar menos cosas, sino también comprarlas de mejor calidad y pensando a largo plazo.

Esto se encuentra en las antípodas del fast fashion, es decir aquellas marcas que producen masivamente artículos que se usan una temporada o menos. Estas prendas se exhiben en tiendas y, cuando las tendencias cambian, se descartan los productos no vendidos para dar paso a una nueva producción masiva. El bajo precio de estas prendas se relaciona estrechamente con su fabricación: enormes talleres con muchos empleados mal pagos y en pésimas condiciones de trabajo.

Yo sé que es difícil pensar a largo plazo en un mundo pandémico que está cambiando y que parece que se va a terminar todas las semanas. Pero, siendo optimistas, vamos a estar acá un buen rato y es mejor que salgamos “de esta” siendo lo más genuines a nosotres mismes que podamos. La ropa, aunque parezca poco importante, es utilizada diariamente para comunicarle al mundo cómo somos o cuáles son nuestras convicciones políticas. Por ejemplo, toda la indumentaria y accesorios verdes comprados durante el debate por la ley de interrupción voluntaria del embarazo, para dejar en claro nuestra postura en el colectivo, trabajo y hogar. Claro está que no se gasta lo mismo en glitter, esmaltes o colitas de pelo que en una camisa o un pantalón. Es por esto por lo que hago hincapié en pensar a largo plazo y reflexionar acerca de qué nos gusta usar o nos queda cómodo para el día a día en el trabajo o facultad. En realidad, al hacerlo, estarás consumiendo y gastando menos, aunque en el momento no lo parezca, y estás siendo vos misme. 

Si bien las prendas elaboradas éticamente tienen costos más elevados, su calidad es superior y al sumar esta vestimenta a tu placard estás aportando un grano de arena a la justicia social, demostrando que otra forma de actuar es posible.

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