La monogamia de la amistad

El abrazo -1- Gabriela de Echave

Por Agustina Ramos y Laila Massaldi
Fotografías: Foto: Gabriela de Echave
@unsoplodeviento

En este ensayo, las autoras abordan el concepto de “mejores amigues” y analizan esta forma diferente de monogamia

Sophie y Frances tienen 27 años y son mejores amigas: se eligen para convivir, se dedican mucho tiempo la una a la otra, planean un futuro juntas y hasta se describen como “la misma persona con distinto pelo”. Todo es ideal hasta que Sophie elige mudarse con otra amiga porque el barrio le gusta más. Luego empieza a pasar cada vez más tiempo con su novio y menos con Frances; aparecen los celos, y la amistad idealizada y aparentemente perfecta que compartían empieza a tambalear.

Estos son personajes ficticios de la película Frances Ha, pero esta historia probablemente se parezca a situaciones que vivimos o presenciamos alguna vez. Porque aunque los celos se relacionan, sobre todo, con las relaciones de pareja, prácticamente todes los sentimos (a veces) en nuestras amistades. Las escritoras Easton y Hardy en The ethical slut, un libro sobre cómo tener relaciones poliamorosas éticas, explican los celos desde el concepto economía de la escasez: muchas veces pensamos que los recursos para el amor y la conexión entre personas son agotables porque son «escasos» y que, por lo tanto, más para vos significa menos para mí, y viceversa. Esta concepción no tiene un fundamento consistente ya que el amor no es algo a repartir. Por ejemplo, si alguien tiene cuatro hijes, no pensamos en que va a quererles menos que alguien que tenga solamente dos. 

Sin embargo, la economía de la escasez es algo que reproducimos inconscientemente dentro de nuestras amistades al intentar jerarquizarlas. En la infancia, principalmente, pero también en la adolescencia y en la adultez, muchas personas nombran como mejor amigue a quien consideran más cercane, y amigue «a secas» al resto. Como recuerda Sofía Saito en su newsletter «Amigues», las amistades han llevado diferentes rótulos o «títulos cuasi nobiliarios» a lo largo de los años para dar cuenta de su puesto en la escala de la amistad: bff, hermane, bestie, sis, bro, mejor, ami. Incluso muchas chicas lo han dejado claro en la distribución de las mesas en sus cumpleaños de quince: quienes eligieron a sus amistades para conformar la mesa principal, lo hicieron seleccionando a las más importantes y, a su vez, colocando a los lados inmediatos derecho e izquierdo de la silla de la cumpleañera a las mejores, dentro las mejores.

Tener une “mejor amigue” en la infancia es la manera en la que incorporamos las jerarquías en las relaciones desde muy chiquites, así como era típico que se nos cruzara la pregunta “¿querés más a tu papá o a tu mamá?”. Tener une “mejor amigue” es quizá la manera en la que nos vamos preparando desde temprano para ejercer la monogamia sexual y romántica de más grandes, un pacto entre dos personas en la que se excluye a cualquier otra porque ese lugar “ya está ocupado”. En la primaria susurrarle a alguien “sos mi mejor amigue” era vivido con un vértigo y adrenalina que muestra cuánto se jugaba en esas palabras, y que esa persona no te dijera lo mismo era motivo, por lo menos, de vergüenza, dolor y de algo parecido a la deshonra.

Esta forma de categorizar puede estar asociada a una necesidad de estabilidad y de permanencia en medio del caos. Frente a un sistema neoliberal que nos ofrece precariedad, individualismo, estrés y desamparo, formar relaciones amistosas «monógamas» o jerarquizadas puede ser un intento de tener una seguridad en medio de tanta inestabilidad. “¿No es lógico que busquemos “algo firme” de donde agarrarnos?”, pregunta Tamara Tenenbaum, en su libro El fin del amor, y contesta: “estamos equivocadas si elegimos la monogamia por esa razón. No hay ninguna unión que nos salve de la condición precaria de la vida y de las relaciones humanas” (Tenenbaum, 2019, p. 65).

Una relación de amistad monógama, es decir, una donde se apunta a un vínculo de exclusividad amistosa o por lo menos de asegurarnos una prioridad especial como la del “mejor amigue” no es una salida sólida ni beneficiosa ante el miedo a la incertidumbre y la variación de los vínculos. Les amigues nos enseñan a transitar la vida en conjunto, y esto lo permitimos cuando no pensamos en un amor exclusivo y de a dos sino en uno que se nutre también en las redes de relaciones en las que está inmerso, que son parte constitutiva de cada persona. Tenenbaum sintetiza un objetivo posible: “Construir comunidades de amor y amistad que sean contenedoras, sólidas, aunque acepten la condición precaria de la existencia y de los vínculos” (Tenenbaum, 2019, p. 70).

Volviendo al concepto de economía de la escasez: no tenemos manera de contabilizar el amor, pero sí sabemos que queremos a nuestres amigues por el vínculo que creamos con elles, por las experiencias vividas, por compartir, por cuidarnos, y no por tener más o menos amistades. Nuestros vínculos no vienen a atentar contra la estabilidad de una relación amistosa. Esta puede ser volátil y terminarse, es cierto, pero las razones por las que esto suceda no están por fuera de ese vínculo sino en su interior. A veces escuchamos que se nombra a los vínculos como únicos, y aunque pueda estar volviéndose un cliché, es importante rescatarlo: cada relación que formamos es única desde su historia hasta la frecuencia con la que se habla, los chistes internos, las redes más grandes que la conforman, los gustos en común, las cosas en las que se disiente y más. Por eso, otro vínculo no atenta contra los que tenemos simplemente porque no son reemplazables. Una relación no puede replicar lo que nos hace sentir otra sino que nos muestra y genera cosas diferentes. Así como cada persona es un mundo, cada vínculo también lo es.

Esto no quiere decir que haya que sentir culpa al experimentar celos. En un mundo de jerarquías estos son la respuesta que nos nace para defendernos ante el peligro real o imaginario de perder nuestro lugar en la vida de alguien, por otras personas o cosas (como trabajo o proyectos que no nos incluyen). Está íntimamente relacionado con las lógicas en las que estamos insertes de individualidad y competencia. Molestarnos con nosotres mismes o con otres no es en absoluto la salida para dejar de sentir celos. Quizás el intercambio, el cariño, el cuidado y la comunicación entre nosotres nos ayude a transitarlos de una mejor manera y, sobre todo, cuestionar y repensar cuánto en nuestras maneras de relacionarnos lleva la impronta de un sistema social y económico desigual.

Si en esta época la competitividad y la precarización impregnan todos los ámbitos, nos cuesta concebir relaciones en las que el valor que le damos a la otra persona no esté basado en la comparación con lo que hago o lo que siento cuando me relaciono con les demás. Pero construir modos en que esto no suceda probablemente sea posible y  es mejor, más sano y satisfactorio para todes. Porque aunque llamemos a alguien “mejor amigue”, en la realidad las relaciones humanas son volátiles: a veces nos sentimos más cerca de algunas personas y a veces de otras. Los títulos y jerarquías hacen ver en blanco y negro algo que, retomando a Sofía Saito, en la práctica son solo grises.

Lo que podemos hacer es desandar con elles esta lógica de las jerarquías, poder compartirles, si queremos, nuestros celos e incomodidades sin sentirlos como una traición a la amistad, y repetir hasta que sintamos que las amistades son todas distintas, que el valor está adentro y no afuera, y que siempre podemos encontrar las maneras de darnos amor sin caer en comparaciones. Y que si realmente luchamos por construir un mundo sin opresiones ni privilegios, podemos hacerlo también revisando las que nos habitan en, con y junto a nuestras amistades.

Referencias bibliográficas:
Tenenbaum, T. (2019).
El fin del amor: Los exploradores del amor. Buenos Aires: Ariel.

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