Oscura y sensual Lorde

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Por Juana Giaimo

Creo que sólo pude entender el encanto de Lorde cuando la vi en vivo en el Lollapalooza del año 2014 — solo unos meses después que hubiese publicado su disco debut, Pure Heroine. Antes de eso, no entendía qué le veía el resto de la gente. Me parecía una adolescente soberbia que se quería hacer la diferente. Ese día en el Lollapalooza, Lorde tocó a la tarde con una banda chica pero suficiente, y recorrió las pocas canciones que había sacado hasta el momento. Tímida y enigmática, bailaba con movimientos extraños y abruptos. En el momento no me sabía ninguna canción, pero las melodías me quedaron en la cabeza y, cuando volví a mi casa y volví a escuchar el disco, las escenas de la vida cotidiana adolescente empezaron a cobrar significado.

Lorde llegó cuando se necesitaba. En el 2013, el sonido sobresaturado de Lady Gaga estaba perdiendo popularidad — con el flop que significó para ella Artpop. Ese mismo año, Katy Perry continuó con su estética extravagante en “Dark Horse” y melodías grandilocuentes en “Roar”. Miley Cyrus se despegó de Disney y comenzó su etapa rebelde con “We Can’t Stop” y “Wrecking Ball”. También fue el año que Britney volvió con “Work bitch” y en el que Daft Punk invadió las radios con “Get Lucky”, con un sonido pulido pero lleno de referencias al pasado. Era un año en donde una gran parte del pop definió por el ruido ya sea musical, visual o mediático. En cambio, Lorde apeló a la sutileza y al minimalismo con “Royals”. Ella criticó la ostentación de la vida del pop: no tenía islas ni tigres caminando sobre oro pero — como muchas estrellas pop — , era consciente de su fama que recién empezaba. En “Tennis Court”, relata el primer viaje en avión y prevee que no va a ser el único y se pregunta cómo va a ser la diversión una vez que es conocida, cuando ya no haya tiempo para andar en auto y ver cómo las casas no cambian, como relata en “400 Lux”.

En Pure Heroine, Lorde se enfrenta a un mundo que empezaba a descubrir. Es un día a día rodeada de amigos y alejada de los tumultos. En cambio, Melodrama es un disco de la inestabilidad, de una fiesta repleta de vaivenes — y las reflexiones cuando una vuelve a su casa cansada y se queda sola acostada en la cama sin comprender lo que pasa. Hoy Lorde ya es mundialmente famosa y seguir cantando que no pertenece al lujo del pop sería bastante hipócrita. Todavía aparecen amigos, pero ahora se pierde en un mundo laberíntico. Si en “Royals” sus amigos y ella cuentan plata mientras viajan en tren, ahora abre el disco con“Green Light”, diciendo que se maquilla en el auto de alguien — ni siquiera dice si era un amigo, pareja o qué, solamente es alguien más. Entre los sintetizadores, beats afilados y las baladas a piano, Lorde se mueve en su disco con soltura. Su voz suena dulce y solitaria en “Liability”, pero también sabe ser oscura en “Sober II”, con los violines dramáticos de fondo.

La canción que siempre me pega es “Perfect Places”. En muchas de sus canciones, Lorde canta sobre un coro de su propia voz y, mientras otras veces esto agrega un efecto sombrío, en el coro de esta canción resulta en una nostalgia por un ideal inexistente; un ideal que, aunque sepamos que no exista, lo seguimos buscando: les héroes se desvanecen y nos decepcionan y la soledad se torna difícil en un mundo que cada día parece más caótico, en el que cada día nacemos y morimos, bombardeados por noticias apocalípticas y en el que lo único que parece salvarnos es encontrar un momento y un lugar para bailar juntes un rato.

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