Primavera Sound Buenos Aires: una jornada hipnóticamente femenina con Björk como protagonista

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Por Lola Sasturain
Fotografía por Cande Etche

El festival más esperado del año tuvo este pasado miércoles, su edición menos hype y más dedicada a los fans. Una edición que se desenvolvió con un line up enteramente femenino, en donde no importaron las convenciones de lo que un show festivalero debería ser, y resaltó el carisma y la impronta de la propuesta artística.

El Primavera se desarrolló con una puntualidad sumamente estricta, lo cual fue en general favorable, salvo para Feli Colina, cuyo show empezó 15 minutos después de la apertura de puertas cuando la gente que venía a verla todavía estaba llegando. La salteña inauguró el escenario bajo el sol y el calor con magia y encanto, aunque fue difícil para el público llegar al escenario para ver las primeras canciones. Junto a su banda, centraron el repertorio en su último álbum, “El Valle Encantado», con una interpretación delicada e intimista con canciones que van del pop experimental a la copla y del grito al susurro.

Javiera Mena, cantante y compositora abiertamente lesbiana, fue quién le habló explícitamente a las chicas; la artista, que estaba radiante en un traje oversize fucsia de paillettes, comentó sobre la vista: «que lindo atardecer y ustedes qué son tan lindas». Ya en su segundo tema presentó el sonido de su nuevo álbum, “Nocturna”. Sin duda, el número más bailable de la jornada, la chilena fue del indie rock dosmilero de su último disco como “Debilidad” y la “Isla de Lesbos”, al electropop de su hit “Luz de piedra de Luna” y el folk intimista de “Me gustas tú”. En sus canciones, Mena repasó sus obsesiones temáticas: el romance y el amor, el tiempo, el espacio, los astros y las grandes fuerzas de la naturaleza. También agradeció al público argentino: “gracias por confiar en mí siempre”, dijo, “mi primer disco lo edité aquí en Argentina”. Estaba contenta y se le notaba. Y la gente lo estaba también.

Julieta Venegas dio el show más tradicional de todo el lineup. La mexicana presentó un recital lleno de hits que están tatuados en las conciencias desde principio del milenio y que dejaban en claro cuál era la franja etaria predominante de esta edición del festival: millenials y treintañerxs. Con el acordeón en mano, la artista repasó sus himnos “Me voy”, “Eres para mi”, “Limón y Sal”, “Lento” y más, mientras intercalaba canciones de su nuevo disco próximo a salir, llamado “Tu Historia”. Llamó la atención un detalle, en un lineup donde las voces y la lírica fueron lo principal: el similar timbre de voz que tienen Venegas y Mena. Tiramos una idea: una colaboración podría estar muy bien.
Venegas cerró, a puro pogo emotivo y amigable, con su canción “Presente”, coreada por el público como la gran mayoría de su repertorio, un repertorio orientado a aquellos que éramos adolescentes en los años dorados de MTV.

Casi media hora después, en una noche preciosa, el escenario se llenó de innumerables violines, violas y cellos, y apareció ella. Chamana, directora, reina alienígena. La islandesa apareció en el escenario y sin más, empezó.
Un show maximalista y minimalista a la vez: maximalista porque tenía a la mismísima orquesta de cuerdas del Teatro Colón junto a ella, comandada por su director; minimalista porque así y todo, las versiones eran despojadas al máximo y la puesta también; cuerdas, voz y una pantalla que (a veces, si es que estaba encendida) ofrecía un color pleno de fondo por canción. Y nada más. El show era ella: su voz, sus canciones, y la luna. Ningún sonido que se haya escuchado no estaba ejecutado en vivo ni provenía de fuentes no acústicas u orgánicas. Un show con la intimidad y la solemnidad de un teatro, adaptado a la enormidad del predio costanera sur y para 50.000 personas.

Desde la primera canción, “Stonemiker”, quedó claro: cuando ella canta, los demás (¿el decorado?) se callan. Es un hecho, no existe nadie que cante así en vivo: sin una pista de apoyo, sin coros, su voz desnuda es exactamente, y perdón por no lograr una descripción más precisa, como la escuchamos en los discos, e incluso mejor. Cada nota se sentía salir desde sus cuerdas vocales y mover el aire hasta pegar contra el micrófono.
La propuesta sonora no tenía la invasividad de un sonido electrónico o rockero típico de la situación, y el volumen de la orquesta no llegaba de igual manera ni con intensidad a todo el predio, y sin embargo durante casi la totalidad de la hora y veinte aproximadamente que duró el show, quién escribe vio algo que jamás vio en un show de estas características: el silencio absoluto, silencio de teatro. Los comentarios que se oían eran dos o tres, entre canciones. Ni una conversación de amigues, ni una risa, ni cantar a los gritos por encima de la música. Atención plena, respeto y solemnidad.

Un show sin una programación, sin un beat, ni siquiera una batería. Algunos informados sabían que sería así, otros no. A personas como yo (que no soy de mirar demasiados shows en vivo en video y no me gusta informarme demasiado antes de asistir a uno) nos sorprendió y nos resultó un poco chocante. Es una propuesta sencilla, y muy (pero muy) diferente a los shows de festivales que estamos acostumbrados. El ser humano es un animal de reacciones y se sabe que es la sección rítmica lo que hace, precisamente, mover el cuerpo: este show posiblemente haya desconcertado a aquellos que estaban ahí conociendo a la artista y esperando un show, en el sentido más elemental de la palabra, divertido.

Llama la atención que el setlist incluyó una sola canción de su nuevo álbum, “Fossora”. Y dada la propuesta, es entendible: el nuevo álbum, producido en conjunto a los indonesios Gabber Modus Operandi, es Björk es un veta más raver, donde el ritmo tiene una presencia clave, entre (precisamente) el gabber y el dembow. Es un disco donde el bombo es fundamental. Y en este show no hubo lugar para tal cosa.
La selección de temas, por lo tanto, hizo énfasis en ésto: pocos hits de pista de baile y muchísimos hits del corazón. Una selección, precisamente, de sus grandes canciones con cuerdas, que no son pocas.

El formato contribuyó muchísimo en algunos casos, (“Hunter”, o el escalofriante momento de Joga) y en otros, tal vez nos dejó un poco manija (en “Hyperballad” la ausencia de los beats se hacía notar… lo que no quitó que fuera de los momentos más conmovedores de la jornada) o “Pluto”, la del cierre, una de sus canciones más pesadas e industriales de su era más clásica.
El tracklist tuvo mucho de “Vulnicura’‘, su álbum de 2015, y de “Homogenic”, un gran favorito que precedió a “Post”, allá por 1997. Una rareza, escalofriante, fue “I’ve Seen it All”, de la banda sonora de “Dancer in the Dark”.

El show de Björk le dio una patada a toda la ansiedad, el pochoclo, la histeria y la espectacularidad vacía que son norma en los recitales masivos. Dio el espectáculo que tenía ganas, sabiendo que el público devoto la iba a acompañar. También la acompañó la luna llena (en un momento enfocada por las cámaras y fue la única vez que el público sacó sus ojos de la islandesa – un momento emotivo y gracioso en partes iguales).

Más allá de la frase hecha, fue una fecha donde la música fue protagonista. Atípica porque, en todos los casos, no fue música que estuviera anclada en modas o tendencias: sí en emoción y nostalgia, y la presencia magnética de las cuatro mujeres que estuvieron al frente. El público se dejó llevar por ellas, feliz de estar ahí para bailar, escuchar y compartir una noche de mística y felicidad en plena armonía. Una jornada delicada, pacífica e hipnótica, como Colina, Mena, Venegas y -por supuesto- Björk.

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