Cansancio, dolor e incertidumbre: así es asistir a refugiadxs ucranianxs en Alemania

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Por Constanza del Sol Ferreyra

Quizás soy demasiado ingenua. No me considero experta en ninguno de los complicados sistemas que rigen al mundo. El capitalismo, la economía, la geopolítica, las relaciones internacionales; generalmente no son cosas que sienta entender, pero no por algo en especial, sino porque ya el mundo es grande y complicado y las conexiones que establecemos los humanos entre nosotros también suelen ser complicadas. 

Yo soy diseñadora, soy artista, y mi entendimiento del mundo pasa más por cómo nos sentimos, y lo que construimos alrededor de eso. 

En enero de 2021, a pesar de la pandemia y de cómo cambiaron completamente las vidas de todos, con mi marido pudimos concretar un proyecto que venía en marcha hace un tiempo ya: mudarnos a Berlín. No fue fácil porque nunca lo es, y el estrés de tener que hacer esa mudanza en medio de las restricciones por COVID nos dejó agotados, pero lo logramos, y paso a paso fuimos estableciendo nuestra vida en la capital de Alemania. 

En enero fui a Nueva York a visitar a mi mamá y a mi padrastro. Nos levantábamos todas las mañanas a desayunar, y mientras mi mamá hacía las tostadas mi padrastro, George, ponía las noticias en la radio. Jamás busco activamente las noticias, nunca leo diarios, lo encuentro todo muy avasallador y deprimente. Más de una vez conversé con otras personas sobre el hecho de que vivir en esta era de comunicaciones a veces nos juega en contra. No creo que nuestra psiquis esté preparada para tener acceso a todas las noticias del mundo al mismo tiempo. 

Todas las mañanas, durante las tres semanas que estuve ahí, escuchábamos los reportes de las tropas rusas atrincherandose en la frontera con Ucrania. Y todas las mañanas me sentía un poco angustiada, pero al mismo tiempo, descreída. De nuevo, no soy una experta en geopolítica internacional, pero es como si de pronto no creyera posible el surgimiento de un conflicto bélico de gran tamaño.

Obviamente estaba equivocada.


Cuando empezó la guerra, una de las primeras cosas que hice fue buscar grupos de voluntariado. Sabía, o quizás sentía, que lo que iba a hacer falta era ayuda de un montón de tipos. Y pensé que aunque no hablo muy bien alemán aún, si había algo que hacer u organizar, con un poco de alemán, español e inglés podía, aunque sea, ir a algún lugar y cargar cajas en autos, preparar donaciones, algo. Encontré grupos de facebook que me llevaron a los de telegram y ahí me anoté como voluntaria para recibir a los refugiados que llegan a la estación central de tren, Berlin Haupbahnhof (que su significado en alemán es, literalmente: “estación central de tren”, pero todo junto en una sola palabra porque les encanta juntar palabras).

Debo haber pensado tres veces en mi vida en Ucrania. Creo que para muchas personas el Este de Europa es un lugar extraño y lejano en el que los países grandes y pequeños se funden, configurando una masa amorfa sin límites claros para quienes no estamos familiarizados con la zona. Pero los límites están ahí. Cada uno de ellos tiene su cultura, su idioma, sus leyes, su historia, su gente, etc. Y en última instancia las guerras son decisiones tomadas por los gobiernos cuyo precio es pagado por la gente. 

A esta altura ya se entiende que el costo de una guerra es enorme, tanto en lo político como en lo económico. Pero el costo humanitario es el que más llega y también el que más choca porque la gente está pagando con su vida. Y estamos hablando de vidas civiles, de gente que no tiene nada que ver con el ejército. Muchos están pagando con su vida literalmente, pero también con sus vidas figurativas. El número de refugiados ya supera los tres millones, tres millones de personas que perdieron todo. 

Trato de imaginar cómo sería. Despertar con ruidos de bombas y artillería, con temor profundo por el bienestar de los que amo, con noticias de muerte y destrucción todos los días, todas las noches. Dormir en refugios de bombas, que siempre están bajo tierra, fríos y húmedos. Pasar días, semanas enteras sin agua, sin comida, sin forma de escapar. Trato de imaginar también cómo sería tener que tomar la decisión de huir, tener que planearlo, poner a las gatas en su jaula, ¿que llevaríamos? Probablemente solo a nosotros mismos, las gatas, efectivo, pasaportes. 

Cuando me anoté para ir a ayudar como voluntaria, pensé que la escena sería dramática: que iba a haber llanto desconsolado, gritos. Pero si bien el ambiente es caótico por la concentración de gente, casi nadie llora. Los niños, a veces. Y así huye la gente, y así llegan a las distintas estaciones de trenes y colectivos de los países vecinos. Bajan de los trenes con la mirada perdida y el cansancio profundo reflejado en sus caras. 

La mayoría de los refugiados son mujeres y niños, hay mucha gente mayor también. Los hombres tienen que quedarse a pelear, entonces cae en ellas la carga de llevar al resto de la familia a un lugar seguro. Es claro que la mayoría de las personas están en una especie de estado de shock y tiene sentido, no solo por el profundo trauma que les generó todo lo que tuvieron que vivir, sino también porque es el mecanismo natural al que la psiquis humana recurre en circunstancias extremas. No podés pensar ni sentir demasiado, porque lo primero es sobrevivir. No soy psicóloga, pero por lo que entiendo del mecanismo del trauma, lo complicado es que no puede abordarse hasta que haya pasado. Hasta que la persona no esté en un lugar donde se sienta segura, y haya tenido el suficiente tiempo para adaptarse, no puede comenzar el proceso de superación.


Podría contar cien historias a esta altura, solo de las cosas que ví yo misma en un par de días de voluntariado. Pienso en la señora que me encontré en la puerta de casa, necesitaba ayuda para encontrar una dirección y yo iba para el mismo lado en Uber, así que la alcancé. Se largó a llorar desconsoladamente en el auto. Pienso en el señor que necesitaba zapatos y no hablaba inglés, pero nos entendimos. Venía de Kyiv, tenía una bandera de Ucrania atada a los hombros. “Explosiones por todos lados
, me explicó con señas, “caminé mucho, estoy cansado y me duelen los pies. Pienso en los estudiantes nigerianos que necesitaban encontrar un colectivo que los lleve al lugar donde habían conseguido alojamiento. Uno de ellos había estado apenas un mes en Ucrania antes de que empezara la guerra, tiene solo veinte años. Pienso en la chica ucraniana que conocí, la busqué en la estación de tren y me ayudaron los voluntarios a conseguir alojamiento y la mujer que la alojó resultó ser chilena. Pienso en cómo eso me dió confianza en ella instantáneamente, porque entre latinas nos entendemos, nosotras sabemos lo que es la necesidad extrema. Cuando estábamos yendo a su casa, el auto dobló en una esquina y las valijas se movieron en el baúl haciendo un ruido fuerte. Ella estaba aterrada, saltó y casi se larga a llorar. “Me asustan los ruidos fuertes, por las bombas», me contó. Su mamá y su abuela están en Kyiv, su hermano está en el ejército. Pienso en las caras pequeñas de los niños que se acercan a la mesa de voluntarios en la estación de tren a pedir agua, jugo o caramelos. Pienso en la gente, en toda la gente que conocí y la que nunca voy a conocer, y en cómo todas sus vidas fueron arrancadas de cuajo, con violencia, creando un dolor que nunca va a desaparecer del todo. 

Y me pregunto, al igual que veo a la gente en las noticias preguntándose a ellos mismos, ¿Por qué? ¿Cual es el objetivo de tanto dolor? Estoy segura de que hay muchos argumentos que podrían considerarse como respuesta. Hablando de política internacional, de historia, de la naturaleza de los conflictos entre naciones, por solo nombrar algunas cosas. Pero cuando lo bajamos a los individuos toma otro ángulo. Porque la destrucción intencional, cruel y sistemática de las vidas de cada una de las personas que conocí no tiene ninguna justificación. 

La chica ucraniana me pregunta si soy religiosa, si creo que en Dios. No sé, le digo. No soy religiosa, no sé si Dios existe, quizás si, pero rezo todas las noches para que esto se termine cuanto antes. 

Yo también», me dijo. Nos abrazamos.

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