Vivir soles en tiempos de cuarentena: ¿qué nos dejará la pandemia?

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Por Laura Marajofsky
Ilustraciones: @ekgportfolio

Hace tiempo que no tenía conversaciones tan detalladas y dolorosas con amigues sobre la soledad y los vínculos. A medida que va avanzando esta cuarentena noto una profundización tanto en el sentir como en el discurso de la gente que vive sola. Porque hay que decirlo en voz alta: esta cuarentena nos puso en jaque a todes llevándonos a experimentar la soledad en un sentido bastante crudo y a hacernos muchas preguntas. Les que elegimos vivir soles, les que están en pareja pero no conviven, les recién mudades, les recién separades, les que viven soles pero lo padecen, les que justo estaban entre mudanzas, les que se quedaron solxs, les que están varades. 

No es casual que la mayoría de los relatos de ansiedad o tristeza vengan de aquelles quienes viven soles, y que cuando se traslada la temática a otros ámbitos privados (grupos de whatsapp con amigues en pareja o viviendo con familia) o públicos, se busque relativizar el problema o dejarlo circunscripto al ámbito sexual. No porque ignoremos la problemática va a desaparecer, y de hecho es una realidad poco admitida, pero es probable que la mayoría de les que están considerando romper la cuarentena o la hayan flexibilizado pertenezcan a este grupo: jóvenes adultes viviendo soles. No se trata de exaltar el hecho de salir a tener sexo a toda costa o hacer apología de romper la cuarentena, pero tampoco pasar por alto que la sexualidad hace a la salud mental y emocional de toda persona.

Empecemos por el principio…

La soledad siempre tuvo mala prensa

Desde organismos de salud como la OMS a Estados como Gran Bretaña (donde existe un Ministerio de la Soledad) hace años se viene problematizando el tema de la soledad como un creciente factor desestabilizador de la salud integral de las personas en las ciudades modernas. Mientras que la cantidad de hogares unipersonales crece aquí y en el mundo(1), y los distintos fenómenos contemporáneos como el ritmo laboral y la falta de tiempo, la tecnología que acorta distancias y un replanteo general de los vínculos socioafectivos aportan su cuota, la crisis de salud actual llegó para poner todo de cabeza.

Hay una tendencia a tratar el aislamiento como algo sin precedentes y una experiencia inherentemente destructiva, cuando en verdad, es algo activamente elegido por el 30% de los hogares en el mundo desarrollado. El movimiento entre soledad y convivencia social es muy importante: la soledad es soportable si podés elegir entre estados de soledad y compañía cada vez que quieras. La elección es clave explica el historiador británico David Vincent quien acaba de publicar el libro A history of solitude, un ensayo sobre la soledad que parece la lectura adecuada para estos días. Y es que desde que se desató el Corona es fácil cruzarse con todo tipo de titulares que van desde “La soledad, la nueva pandemia” a otros ejemplos. Aún cuando la aclaración de que vivir sole no equivale a sentirse así (distinción para la cual el idioma inglés utiliza dos palabras diferentes lonely –sentirse sole, aislade- y alone -estar sole, sin juicio de valor-), ese alarmismo sí se puede ver señores.

“Uno imaginaría que con lo que está sucediendo hoy en día la gente dejaría de hablar de las epidemias en ese sentido. Tratar a la soledad de esa forma y etiquetarla como una epidemia es un pésimo uso del lenguaje”, sigue Vincent, poniendo blanco sobre negro para ayudar a entender la importancia de los contextos y cómo la manera en que se abordan los temas desde la prensa o la política también construye cultura con el lenguaje. Hace tiempo que también se viene haciendo una diferencia entre soledad elegida e impuesta, pero el nuevo estado de aislamiento forzado parece ponernos una vez más en un brete con las definiciones e interpretaciones: ¿quién puede decir que elige estar solo cuando no le queda otra? ¿Dónde reside la verdadera soledad si podemos estar aislades y conectades en otras maneras (hoy principalmente virtuales) con otres?

De qué hablamos cuando hablamos de soledad

Poner en contexto lo que significa estar sole o sentirse sole y estar aislade es fundamental en el escenario presente, ya que no es todo lo mismo, y muchos de nosotres estamos acostumbrados a cierta forma regular de soledad: en la Ciudad de Buenos Aires hay un 36,7% de hogares unipersonales (DGEC). Pero hablamos de que la soledad puede ser algo dañino mostrando los sesgos culturales que rara vez desagregamos. ¿Cómo se mide el impacto de leer una y otra vez que estar sole hace mal, es peligroso para la salud o que es la verdadera epidemia?

Un artículo reciente del New Yorker de la periodista Jil Lepore busca revalidar el estatus de la soledad como algo epidémico. El tema es que Lepore, que intenta decidir si el vivir sole es causante de la soledad o viceversa, nunca parece preguntarse cuál es el impacto real de elegir vivir soles en un contexto de subvención cultural constante hacia ciertos formatos hegemónicos (pareja tradicional cis y mononormada y familia por ejemplo), y de descalificación o desacreditación de otres. Porque aunque cada vez más gente viva sola, el estigma permanece, y los titulares alarmistas o las preguntas intragables de sobremesa de familiares son tan solo una pequeña parte.

Otra definición de soledad que me cruzo leyendo a Vincent es: La soledad implica sentirse cómode con tu propia compañía, mientras que la otra clase de soledad es todo lo contrario. El desafío hoy es cómo mantener a la gente en el lado positivo de la soledad, que sólo se vuelve un problema si no es elegida o te sentís atrapado. Voilá. Aunque está claro que la necesidad de contacto social es inherente al ser humano y que las pantallas van a demostrar en breve ser insuficientes paliativos -si no lo hicieron ya-, vale reparar en los pliegues y complejidades del asunto. El gran problema en este momento para les que están soles tiene que ver con el bajo nivel de autonomía y alternancia elegida que nos permite este confinamiento.

«La soledad es un lugar poblado, una ciudad en sí misma», afirmaba la escritora Olivia Laing en su hermoso libro Lonely City, una detallada topografía de la soledad, sus tipos y grados en la vida contemporánea en la ciudad. «Como la depresión, la melancolía o la hiperactividad, este también es un tema demasiado patologizado, considerado una enfermedad, algo sin propósito”. El trabajo que se toma Laing sin dudas le escapa a Lepore y otros periodistas, que prefieren ampararse en teorías evolutivas y en la noción de soledad como producto moderno derivado del capitalismo. Aunque la soledad sea algo que venimos afrontando de distintas maneras desde hace más de tres siglos.

Por eso, la próxima vez que leas que las consecuencias de estar sole son equivalentes a fumar 15 cigarrillos por día (publicado en otra nota del New Yorker), no dejes de analizar de desde dónde se está plateando tal afirmación. Lejos de negar el efecto en la salud y las complicaciones que trae la soledad prolongada no elegida, existen otros factores que la prensa en su afán por sensacionalizar o simplificar no contempla. Si lo único que te dijeron desde que eras chique era que formar una familia o estar en pareja era lo normal y esperable, ¿cómo podés aprender a sentirte cómode con tu soledad? Mucho menos considerarla un estilo de vida deseable. La soledad no es negativa o positiva en sí misma, sino que depende de la predisposición y contexto en el que la afrontamos.

Vos, yo, la pantalla

Por otro lado, como sugiere la periodista Tara Isabella Burton, la vida online que generó el distanciamiento social no es algo temporal, fruto de la necesidad que se va a ir cuando todo esto pase, sino la culminación de una transformación más profunda. Lo queramos ver o no. “Las pantallas ganaron”, se vió obligada a decir una especialista y defensora del digital detox el tedio del encierro. Pero en vez de verlo como una derrota, ¿por qué no preguntarnos sobre estas nuevas formas de sociabilidad y construcción online y cómo conviven y se articulan con los cambios que ya estaban teniendo lugar en lo relacional? Hogares unipersonales, retraso de la maternidad, aumento en el trabajo remoto e independiente, nuevos modelos de pareja y familia, redes alternativas de contención y cuidado, algunas realidades que ya estábamos afrontando. Hasta qué punto llega este desdibujamiento online/offline, que Burton suelta un dato intrigante: el 40% de las parejas en EEUU que se conoció el último año, lo hizo online. Me la juego a que acá ese porcentaje es mucho más alto. 

No hay que subestimar que la problemática de la soledad es una preocupación creciente en las ciudades desarrolladas y que gran parte de la vida moderna resulta alienante, aunque esto aplique a personas solas “y” acompañadas. Aún así, a través de la tecnología surgen cada vez más posibilidades e iniciativas para conectarse con otres. Si hasta la cuarentena tiene su app: Quarantine Together (QT). ¿La consigna? Que te conozcas con terceros, pero no a través de fotos sino en intercambios escritos, audios y, recién a lo último, video. ¿Slow Dating? Algo en línea con lo que decía la popular psicoterapeuta Esther Perel hace poco, cuando le preguntaron qué efecto podía tener el aislamiento a la hora de conocerse con alguien: las cosas van más lento, hablás más, mucho más de lo que las citas te permiten normalmente, no podés ir a los bifes rápido por lo que realmente tenés conversaciones. Y son más profundas. (me permití mi propia traducción).

Así y todo me encuentro más necesitada que nunca de un abrazo, tanto que me da vergüenza, con mi decisión firme de vivir sola (aún cuando estaba en pareja) y mi independencia como bandera. Hablar con mis amigas a través de la pantalla ya no calma la angustia que sentimos. Amiga te quiero abrazarme dice una cuando le digo que estoy bajón, escena que se repite cada vez más seguido, también a la inversa. Les que más lo experimentamos somos quienes estamos viviendo soles. El sexting ya dejó de ser un alivio y mantengo chats múltiples en donde me confiesan desde encuentros orquestados en supermercados “para verse un rato con amigues” a salidas furtivas para estar con chongues. Y por supuesto, la culpa. Tampoco falta la censura, ajena y propia, porque nadie que conozco está pensando en romper las reglas porque sí, y sin estar realmente pasándola muy mal. Para mí esto no es una justificación, es una realidad. Y yo ya no juzgo y repito como un mantra que tenemos que ser más amables con nosotres mismes porque aparte de estar hartes, y agotades, empiezo a entender mucho más los miedos y los problemas de mis amigues. ¿Quién soy yo para exigirles coherencia o equilibrio emocional en estos tiempos?

A donde vamos ¿no necesitamos tocar?

Esta situación nos obliga a indagar también en las formas que son y que vienen. ¿Cómo se ejerce la tan publicitada responsabilidad afectiva en un contexto con muchas limitaciones externas? ¿Se extiende la idea de cuidarnos ya no solo al plano emocional y afectivo, sino también a la salud? Como si ya no fuera suficientemente difícil habilitar un diálogo sincero con los otres, ahora resulta que también tenemos que conducir interrogatorios para saber qué hacen nuestres amigues, decidir si eso está bien o mal, si es seguro verles, o incluso saber con quién estuvo la persona con quien nos queremos encontrar. Como plantea María del Mar Ramón en un nota reciente sobre los nuevos protocolos sexoafectivos: si la única alternativa que tenemos para coger y tocarnos es la confianza en los cuidados externos, puede que estemos en problemas. 

O no. Quizás todo esto profundice aún más la idea del cuidado y el respeto por nosotres y por otres que las nuevas generaciones ya vienen cultivando, la importancia del diálogo abierto y sin prejuicios, de encontrarnos con nuestras verdaderas ganas sin tantos tapujos o tantas vueltas, de que el amor viene en formas y envases variados y es tarea tanto individual como colectiva esa construcción; y sobre todo, para algunes, tal vez sea la posibilidad de (re)encontrarnos con la vulnerabilidad que supone sostener un vínculo de cualquier tipo, hoy además vulnerabilidad exacerbada por un contexto de incertidumbre como este.

También empiezan las apuestas y mientras algunes explican que estos contextos son los peores para las parejas (justamente por la falta de autonomía y espacios individuales, entre otras cosas) o que la precuarentena disparó el número de divorcios, algunes ya vaticinan una vuelta a la pareja estable como refugio contra la angustia de la soledad radical del confinamiento en casa, fuente estable de sexualidad y una garantía de la salud de la pareja”, decía Eva Illiouz. Y de repente parece que nos olvidamos de la problemática del recrudecimiento de la violencia intraparejas en el encierro, damos por sentado que estar sole es estar mal o nos obligamos a seguir formas específicas de acompañamiento. Sexualidad estable. Pareja monógama. Garantía de salud. Estas palabras no paran de repiquetear en mi cabeza, no tanto porque me atraigan sino más por el hecho de que sea posible pensar que cuando nos relacionamos podemos obtener cierta clase de garantías o certezas, como para quedarnos tranquiles y así andar por la vida. Y es que un poco lo que el Covid nos vino a recordar es que de ninguna manera esto es así.

Esta pandemia eventualmente va a pasar, pero si no nos enseñamos a pensar en los cuidados, los vínculos, la soledad y el amor más allá de estas categorías estancas, que no sirven para todes ni siempre, va ser como si siguiéramos en cuarentena: congelades e inmóviles por el miedo, sin posibilidad de evolucionar. Porque la vida es movimiento, ya lo sabemos, pero también los sentires y las ideas. Para estar vive, hay que seguir moviéndose.

(1)   Según Euromonitor entre 1980 y 2011 el número de hogares unipersonales a nivel mundial creció de 118 a 227 millones, y continuará su escalada a 334 millones en 2020.
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