Una piba con suerte

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Por Macarena Gómez
Foto: Florencia Petra

Mi mamá decía que no hay recompensa sin sacrificio. Yo lo tomé al pie de la letra. Pero esto se vuelve un problema cuando no alcanza el sudor derramado para permitirse merecer. Era lo suficientemente torpe para un trabajo bien pago, lo suficientemente sumisa para exigir placer, demasiado vulgar para una pareja que me valore. ¿Por qué tenerlo todo, yo, si seguramente habrá alguien mejor que lo merezca más?

Muches les echarán la culpa a las historias hollywoodenses que muestran vidas llenas de éxito o a un problema de autoestima. A mí me gusta llamarlo autoboicot. Valentín Muro prefiere “síndrome del impostor”, para referirse a esta dificultad de internalizar y aceptar nuestros logros, porque hace alusión a ese sentimiento de que no merecemos estar donde estamos. Esta tendencia yo la completo boicoteando cada pequeño objetivo alcanzado. “¿Cómo voy a permitirme disfrutar de esta situación que seguro fue dada arbitrariamente? Mejor vamos a estropearla”.

Si tenía una buena pareja me consideraba una afortunada, e inmediatamente salía a buscar una excusa para justificar el hecho de que esté conmigo. Si me dejaban, claro, ¿quién puede elegirme ante tantas personas allá afuera? Si tenía buenas notas en la facultad, probablemente sea producto de la compasión del docente o del azar. Dejé un trabajo ideal porque yo no merecía ese puesto, debería haber trabajado más duro para conseguirlo. Nada tenía que ver conmigo. Por arte de magia era portadora de cosas que no me pertenecían.

Hace poco me vi obligada a enfrentar estos síntomas una vez más. Nunca se van del todo, pero en determinadas oportunidades reaparecen con una intensidad capaz de dejarme de cama. Pasé por un proceso de selección para un nuevo empleo que me puso en ese lugar del que no puedo escapar. El hecho de obtener el primer llamado ya fue, para mí, una cuestión de suerte: ¿qué pudieron haber visto en mi currículum que no hayan visto en otra persona? De la segunda entrevista salí decepcionada. “Seguro no me van a llamar más”, “¿justo a mí entre tantes aspirantes?”. Sin dudas habrá alguien que supere mis aptitudes, como respuesta ante todos esos pensamientos que dan vueltas en esas horas de ansiedad que se tornan insoportables. Llegó la tercera, pero adivinen qué: seguro será la última, porque yo no estoy hecha para un trabajo así, no lo merezco.

De esta manera pasé por varios trabajos soñados, o tal vez no tanto, pero que sí lo eran para mí al momento de buscarlos. En todos quedé, “por suerte”. En todos me sentí incapaz, en cada uno no me permití disfrutar, en ninguno pude crecer tanto como me hubiese gustado. Y si había un pie para hacerlo, claro, la suerte siempre estaba ahí como respuesta a todo.

Aprender a identificar el momento en el que estás saboteando un posible instante de disfrute no es tarea fácil. Crecí con el chip programado para creer que no merezco nada de lo que me sucede y que si logro ser feliz con algo tiene que ser a costa de otra cosa, provocando niveles de exigencia exacerbados, ansiedad y frustración. Siempre tuve en claro que la fortuna es la responsable de las cosas buenas que me pasan, mi incompetencia, en cambio, de todo lo demás.

 

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